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4.8.10

La Historia de Eria III

Capítulo 3 de 4: El regalo de los Dioses
Por: Diego Arévalo.



Mi regreso a esa perturbada sociedad en Benedictina no fue lo más agradable de una vuelta a casa. Escuchaba murmullos por todos lados que criticaban mi regreso y la mayoría se resumía en “no necesitamos a un abogado para la guerra, ¡lo que necesitamos es a algún bravo general!” otros más descarados se lamentaban que el heredero de don Feliciano Vega hubiera vuelto, ahora no podrían reclamar las tierras de la gran hacienda en el caso de que la señora Laura se marchara de la isla o, ni Dios lo quisiera, falleciera. Todos estos murmullos se acallaban cuando me retiraba a mi casa y descansaba cuidando a mi madre.

Ella pasaba todo el tiempo atendiendo los asuntos de la inmensa hacienda y los años le pasaban la cuenta, pero sin arruinar su belleza. A tres meses de la muerte de don Feliciano, las cosas habían estado bien a pesar de la guerra, sólo gracias a su inteligencia. A pesar de que todo el mundo sabía que la muerte de don Feliciano había sido un encargo de sus mismos conocidos para tomarse la hacienda, ella había sabido proteger las tierras organizando a sus sirvientes en una especie de guerrilla. Ahora conmigo en casa no debía preocuparse de eso ya que sabían que un abogado no permitiría ese tipo de abusos a pesar de encontrarnos en guerra. Siguiendo esa línea fue ella misma quien me propuso como juez de Benedictina, ya que el anterior había sido victima de la guerra y se necesitaba a alguien que vigilara la justicia en estos tiempos tumultuosos.

Trabajé varios meses yendo y viniendo desde Benedictina  a Calixto, resolviendo casos y entregando semanalmente los reportes a los procuradores provinciales españoles que estaban a cargo del Gobierno de la parte sur de la isla. Ellos mismos no se percataron en un principio de la invasión desde el norte por parte de los ingleses y ahora, después de casi un año, aún no podían hacer otra cosa que repelerlos antes de la densa jungla y las montañas al norte de éstas. Hasta ahora había sido un enfrentamiento parejo, pero ya venían en camino los apoyos desde España. Por otro lado, los piratas de los mares cercanos les habían facilitado la tarea al atacar buques ingleses que traían gente y armamento. Sin embargo, cada semana las cosas se veían un poco más limitadas y volvíamos con aún más incertidumbres a nuestros hogares en Benedictina.

Mi trabajo como juez había sido sencillo. Los casos que llegaron a mi eran simples robos, uno que otro enfrentamiento entre vecinos por algún cerco pasado de límite o por cuatrerismo. La verdad nada complicado. Sin embargo, durante mi último mes como juez solía pasar que oía al culpable decir, por ejemplo “menos mal que escondí bien esas vacas y no las encontraron los oficiales cuando registraron”. Entonces sabía quién era realmente culpable y quien no. O muy a menudo pasaba que oía algún comentario de la audiencia, diciendo, “y pensar que yo ayude a esta persona a robarse eso”, pero de uno u otra manera alguien delataba sus acciones o alguien más lo hacía. Al final todos se sorprendían cuando daba el veredicto dando acuse de ese murmullo que escuchaba.

Dejando de lado los comentarios acerca de mi severidad y la atinada justicia, los procuradores de la gobernación me mandaron llamar no sólo para felicitarme sino que para promoverme a Juez General de la Provincia de Calixto. Fue en el viaje de ida a Calixto donde conocí a un personaje que sería de vital importancia en los días venideros. Ese hombre era el Mayor Nicolás Antúnez, que ese mismo día de mi ascenso sería promovido a Coronel. Nos fuimos en la misma carroza que nos llevaba a Calixto, luego de haberme despedido de mi madre, y me contó su historia de cómo había llegado a su puesto desde que la guerra había estallado. En un principio, y con ayuda de mi madre y don Feliciano, ocultaron su origen nativo testificando que era hijo de un criado con una aborigen, ambos fallecidos hacía tiempo, pero que sin dudas era hijo de español. Con esa ayuda logró entrar al ejército español y rápidamente destacó por su capacidad de organizar a los hombres y su astucia poco común. Él no era el único que debía ascender ese día, y sin embargo sus demás compañeros no estaban de acuerdo que alguien con sangre indígena llegara tan alto en la milicia.

Su historia era intensa, desde que se enlistó hasta el día en que nos conocimos estaba llena de victorias y estrategias increíbles y bien logradas. Llegué a pensar que los ingleses no nos habían derrotado hasta hoy simplemente por la ayuda del Mayor Antúnez. El me dijo también que la mayoría de los soldados no sabían el origen de esta guerra y no querían seguir luchando por algo que no sabían bien que era. Defendían la soberanía de España en la isla, pero la verdad la ayuda del país que estaba defendiendo no se notaba.

La ceremonia de ascenso en si no tuvo nada relevante, sin embargo los comentarios de la gente con respecto a nosotros dos, Nicolás y yo, nos dieron a entender el descontento de parte de los demás involucrados en ese evento, y por que no decirlo, la envidia. Pero lo más importante de ese día no sería nuestro ascenso ni el de alguien más, sino que nuestro regreso.

Tal cual emprendimos el viaje a Calixto, al día siguiente nos devolvimos a Benedictina para abocarnos en nuestras nuevas tareas con nuevos cargos. Esta vez viajé con otra persona, un viejo amable de quien no recuerdo su nombre pero sí la corta conversación y su animo para afrontar lo que se venía, la parte más cruenta de una guerra que tarde o temprano debía terminar, ya fuese con nosotros derrotados o victoriosos.

A la hora de habernos internado en los caminos selváticos la caravana sufrió un ataque de parte de los ingleses. Su inteligencia había averiguado el día y la hora de la promoción de un selecto grupo de personas que serían importantísimas bajas para los españoles en el caso de que pudieran deshacerse de ellos y al parecer la emboscada había sido bien calculada. Durante la batalla hubo una primera ráfaga de municiones que acabaron con la vida de varios escoltas y personalidades recién ascendidas, entre ellas el procurador de Martina que viajaba conmigo. Salpicado en su sangre bajé de la carroza y tome el arma de un escolta caído, y siguiendo las rápidas y vivas instrucciones de Antúnez, pudimos ordenar una resistencia decente que sorprendió a los ingleses y nos dio tiempo de respirar y salvar a muchos de los nuestros. Pero a pesar de esa sorpresa, los ingleses siguieron atacando con la intención de llevarse un número mayor de promovidos. Sin embargo, el ahora Coronel Antúnez opuso resistencia fuera de los limites que los ingleses estaban dispuestos a romper, de modo que lanzaron una última descarga de sus armas de fuego, y emprendieron la retirada, sin bajas visibles. En esa última oleada de balas fui herido en un hombro, y el dolor que me produjo la herida me hizo perder el conocimiento. Como estaba al final en la caravana, nadie notó cuando unos brazos desconocidos me tomaban y me internaban en la selva, mientras me desvanecía.

***

Cuando desperté, no reconocía nada. Estaba en una choza de madera, rústica pero acogedora. Tenía unas hojas de unas plantas que no había visto, pegadas con una sustancia sobre la herida de mi hombro. Cuando traté de incorporarme noté que ya no me dolía, pero que había alertado a alguien en la entrada, y entró a revisarme. Me habló en una lengua que no conocía, pero a pesar de eso supe que estaba revisando la herida y decía que en poco tiempo estaría sana de nuevo. Luego, salió a buscar a alguien más, y entró acompañado de un anciano que tenía una presencia intimidante.

Ese hombre me examinó y me llevó fuera. Al salir de la choza, la luz me encandiló un poco pero al acostumbrarme pude ver una aldea aborigen, simple, con gente vestida con pantalones de piel de animales y torso desnudo, ambos hombres y mujeres. Los niños corrían desnudos mientras jugueteaban. Esa imagen contrastó sobremanera con la que la guerra nos dejaba como personas comunes, las peleas y la sangre no tenían cabida en esta tranquila villa. Pensé que sería una lastima que los españoles o ingleses llegaran aquí y destruyeran este oasis de paz.

- Nunca llegarán aquí, – escuche que decía una voz – los dioses nos protegen siempre.

- ¿Quién dijo eso? – pregunté, buscando a alguien que tuviera la mínima apariencia de saber español. Grande fue mi sorpresa al ver que no había nadie.

- Estoy justo a tu lado - repitió la voz.

Ahí me di cuenta que ese anciano era quien me hablaba, pero no me había estado mirando sino hasta ese momento.

- ¿Usted entiende lo que digo? – le pregunté.

- La verdad es que no entiendo lo que dices con tus palabras, pero si entiendo lo que tu mirada y tu cuerpo dicen. – me di cuenta que él no movía los labios para hablar – Y tu no entiendes mis palabras tampoco, tu buscas directamente en mi espíritu lo que quiero decir y lo interpretas.

- ¿O sea que usted me está hablando con su mente? - le dije, sin creérmelo todavía.

- ¿No tienes fe en el don que te han dado los dioses? Me preguntó el anciano, aún sin mover los labios - ¿Es que acaso no te parecen extraños esos murmullos que escuchas siempre a tu alrededor?

En ese momento me di cuenta que todo era cierto, no había otra explicación para “escuchar” a alguien que hablaba sin mover los labios, ni para los interminables murmullos acerca de mi o en mis juicios que se acallaban cuando estaba cerca de mi madre. Aún me cabía la duda de cómo supieron de mi y porque me habían secuestrado.
Al parecer el anciano interpreto mis tribulaciones, y me dijo calmadamente:

- Tu padre era hijo de este pueblo. Era un hombre bueno, así que los dioses lo ayudaron siempre.

- Pero mi padre era español…

- Los dioses no pueden estar equivocados. Tus ojos profundos y cristalinos no mienten tampoco. Ellos vieron la pureza y la honestidad de tu padre y lo bendijeron al partir de nuestro lado. Del mismo modo bendijeron a su hijo con este don que tienes. Pero no creas que es algo fortuito. Ellos te dieron este regalo para que lo utilices para el bien de tus amigos, y de toda la gente buena que hay en este mundo. Tú estás llamado a grandes cosas, pero esas las debes decidir tu mismo.

- ¿Y fue por esto que me secuestraron?

- Nosotros teníamos el deber de abrirte los ojos.

- ¿Y luego que será de mí?

- Eso, Neschit, es tu decisión.

El anciano se retiró al tiempo que juntaba a un grupo de niños y los reunía en una fogata, para contarles historias en una lengua que no conocía, pero no podía entender sus ideas porque no eran dedicadas a mi. Supuse que con esas palabras me había dejado claro que esperaría a que me curara y luego me devolverían a Benedictina, o a algún lugar donde pudiera volver a casa.

Y justamente así fue. Sin embargo mis heridas, a pesar de curar rápido, no eran la medida de tiempo que debía permanecer junto a ellos. El anciano me hablaba todos los días de los dioses y sus mandatos, y me decía que observara la vida en la aldea porque de ello debía aprender. Cada día veía como cada uno cumplía con lo necesario para la sobrevivencia y el buen pasar del grupo, sin intentar sobresalir uno de otro. Cada uno ayudaba a quien lo necesitaba sin pedir nada a cambio, y se trataban como hermanos y hermanas, lo cual seguramente eran. Nadie le imponía nada a nadie, y todos eran libres de hacer lo que quisieran, pero el amor mutuo los unía de tal manera que sentían cada cosa como si les pasara a ellos mismos, ya fuere alegría o la perdida de algún ser querido que , lamentablemente, también me tocó presenciar.

Al cabo de casi un mes, el anciano se dirigió a mi por ultima vez, y me dijo “hijo, Neschit, tu vida es valiosa y tu don también. Pon en práctica lo que has visto aquí, porque no podrás vernos más. Y si quieres que en tu vida reine la misma paz que presenciaste aquí, es tu deber compartirla y lograrla en tu propia vida”.

Una niña me entregó una hermosa flor, típica del lugar, y me dijo que acompañaría mis pasos allá donde fuera, y me ayudaría a recordarlos siempre.

Luego, el anciano les dijo a dos hombres que me acompañaran hacia un camino que rodeaba un cerro, mientras que todo el pueblo se despedía de mí sin alejarse demasiado de su aldea. Luego de un trecho de rodear el cerro, cayó una densa neblina de la que salimos pronto, pero ellos me dejaron hasta ahí, se despidieron con un gesto y se internaron en la niebla de donde habíamos salido. Imaginé que esa era la protección que sus dioses les brindaban, por lo que no los seguí, y emprendí camino al sur hacia Benedictina.

Al alejarme miré la flor, y me provocó una sonrisa de satisfacción. Y el nombre de esta flor es Eria.


*Extraído de “Mi Historia Antes de la Unión”, autobiografía de David Neschit, padre de la patria de Eria.
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Continúa…
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24.7.10

Los Inmortales #4

“Eternidad adelante”, Quinta Parte.
Historia: Diego Arévalo.

I

Cuando desapareció Robin, Kao supo de inmediato lo que había sucedido. No hubo necesidad de preguntarse que había sido esa sensación sino que ya sabía que Carl había matado a uno de los Inmortales. Y conociendo su mal temperamento, seguramente había sido algún secuaz de Dark… o tal vez el mismo Robin. Por lo que bajó a la Tierra y encaró a Boom. Él, altaneramente le respondió:

- ¿Tú crees que te debo obediencia absoluta? ¿Cuál es tu problema? – dijo, mientras guardaba su espada.

- Simplemente quiero saber tus motivos – respondió Kao.

- Estaba aburrido – dijo Carl – ¿acaso tu no lo estás?

- Lo estoy, pero no justifica que hayas hecho esto. Ahora Dark no nos dejará en paz. Eso si es que, ni Dios lo quiera, recupera sus recuerdos luego de la estupidez que hiciste

- A ver, si no te gusta como hago las cosas, resolvámoslo como hombres – dijo, acercándose y desenfundando su espada – No te tengo miedo, Kao.

- No es necesario pelear – Kao también se estaba preparando para pelear – pero si así lo quieres, pelearé contigo. Pero debes saber que sin importar tus motivos, esto lo pagarás caro: no volverás a la Mansión jamás – Kao dijo esto último mientras cruzaba su espada sobre su frente para detener la arremetida de Boom, que atacaba con un sablazo desde arriba.

Inmediatamente después del choque de espadas, Carl gritó y lanzó su onda expansiva justo en la cara de Kao, quien salió disparado hacia atrás, rodando por el suelo hasta estrellarse contra un auto estacionado cerca de donde estaban. Dave se estaba incorporando cuando vio que Boom atacaba nuevamente. Esquivó un par de sablazos moviéndose hacia un lado, y otro desorientado por el grito de Carl. No oía bien, ya que manaba sangre de sus oídos y tenía la vista borrosa, pero se recuperaba rápido. Boom logró hacerle un corte superficial en el brazo izquierdo. Sin embargo, Kao empezó a ser capaz de repeler las estocadas con su propia espada.

Carl, al ver que Kao recobraba sus capacidades, decidió lanzar otro grito, que dio de lleno en una pierna de su rival, mientras que trataba de huir. Kao cayó sobre la rodilla impactada, y quedó a merced de un grito más. Boom, al ver su ventaja, se demoró un instante, lo que fue suficiente para que Kao se transportara justo a su lado; en ese momento Boom soltaba su grito inclinando la cabeza hacia delante, sorprendido de que Kao ya no estuviera ahí y estuviera a su lado, bajando velozmente su katana sobre su cuello desprotegido, y lo decapitaba.

Kao cayó sentado sobre el pavimento, respirando agitadamente, y tocándose los oídos con cuidado. Dolía mucho, y costaba para que se regenerara el daño, además del corte en su brazo y el devastador golpe sobre su rodilla. Sin embargo, no tuvo demasiado tiempo para relajarse, ya que sintió como una suave brisa rozó su rostro. Lo único que eso significaba era que alguien había reaparecido en ese lugar. Podía ser Boom o Dark, sin embargo era demasiado pronto como para que alguno de ellos hubiera vuelto ya. Se puso de pie como pudo, y cojeando, se preparó para recibir de nuevo a cualquiera.

Tal como pensó que sería más probable, apareció Dark frente a él. Sin embargo se veía distinto, más seguro, o al menos eso le pareció. “Debe ser que aún estoy mareado”, se dijo.

- Dave Andrews – habló, luego de mirarlo un rato para reconocerlo – Tanto tiempo que no nos veíamos.

- Así es, Robin – respondió Kao, agradeciendo tener un tiempo para respirar.

- Por lo que estoy recordando ahora, no te ha ido muy bien con tus amigos – hacía notar su sarcasmo - ¿No era Boom ése que me hizo esto? – apoyó su mano sobre el árbol, en el lugar que Carl lo había matado.

- Era él, si – respondió Kao, luego de un suspiro de desaprobación – Ahora bien, no tengo idea por qué lo hizo, y la verdad es que no me interesa.

- A mi tampoco…

Dark se fue al ataque con su espada desenfundada, y Kao a duras penas le recibió el primer ataque. Sin embargo esa diferencia que había notado en Dark al principio parecía ser más que eso, ya que sus golpes eran efectivamente más fuertes. Cada estocada caía con más fuerza, y Kao, por sus daños previos, desviaba cada vez menos los cortes que le lanzaba Robin.

Dark vio que Kao no le daba pelea, y le empezó a gritar insultos, mientras aumentaba lo frenético de sus cortes. Al principio fue sólo una herida, luego tres seguidas, y luego de una par de esquives, Kao no pudo detener más el ataque de su enemigo, y recibió corte tras corte en su cuerpo, hasta que ya no pudo más, y cayó de espaldas, ensangrentado. Dark se ubicó sobre su cabeza, en la calle, y lo miró sonriente.

- ¿Esto es todo lo que pudiste hacer? ¿O simplemente ya no eres el más fuerte?

- Yo… - Kao no podía hablar por la sangre que empezaba a regurgitar.

- Me quedo con lo segundo, entonces…

Dicho eso, levantó su espada sobre su cabeza, y luego de un instante en esa posición, un rayo salió de la nada en dirección a la espada de Dark, quien, casi como dirigiendo la trayectoria de éste, envió la carga sobre Kao. El golpe del rayo dio paso a una pequeña pero ruidosa explosión azulina, y encendió fuego al cadáver de Kao. Robin lo miró unos segundos, hasta que comenzó a desvanecerse. Entonces, dio media vuelta, y se marchó. Al final sólo quedaron unas pequeñas llamas, y un manchón negro sobre el asfalto.

II

Dark buscó por la ciudad a sus amigos y secuaces, encontrándolos uno a uno, y los asesinó por la espalda. Había pensado que si el recordaba como Boom lo había matado a él para despertarlo, era probable que los suyos tuvieran la misma experiencia, y regresaran con todos sus recuerdos. Así que para evitar algún recelo de parte de ellos, no dejó que le vieran el rostro, y los dejó ahí, para que cuando volvieran, creyeran que habían regresado por accidente, y lo fueran a buscar a él inmediatamente. Estaba decidido a recuperar a los suyos antes del anochecer, y ser primero que Kao. Sin embargo, aún no tenía claro que iba a hacer una vez que todos hubieran despertado.

Tal cual eran los temores de Dark, Kao reapareció con una idea muy clara: revivir a sus amigos. Sin embargo no tenía mucho sentido, ya que… no había razón para ello. ¿Qué iban a hacer una vez que volvieran todos? ¿Pelear? Sabía que era una pelea sin sentido. Así que en vez de bajar a la Tierra, prefirió quedarse en la Mansión a pensar cual sería su próximo movimiento. En eso, el Agonizante se dejó oír:

- Aburrido, ¿cierto?

- No tanto como parece, la verdad es que estoy bien ocupado pensando… o por lo menos estaba…

- Bueno, no te molestaré entonces – su tono sarcástico de siempre ya no estaba en el aire, estaba diciendo algo importante – Sin embargo, déjame decirte algo: Dark ya no es el mismo, y creo que te diste cuenta.

- Si, algo extraño pasó – dijo Kao, preocupado y odiando tener que admitir que el Agonizante tenía razón – Pero no creo que sea tan grave como parece. Ya volveremos a la normalidad.

- En realidad no es así. – hubo un pequeño silencio incómodo. – La verdad es que Dark debía ser más fuerte que tu en todo sentido siempre, desde que lo creé. Pero desde que ustedes me volvieron a encerrar en esta Mansión, Robin no me parecía interesante ni útil, así que hice que sus poderes se dividieran, y yo usufructué de la mayor parte de ellos. Es por eso que lo derrotabas tan fácilmente.

- ¿¡Así que era tu culpa al fin y al cabo!?

- Espera, no sería mi culpa de no ser por ese… acontecimiento extraño que hubo. Desde que tú despertaste ese día, yo no tenía la fuerza que le quité a Dark, y sin ella no soy capaz de tener forma visible y al mismo tiempo mantener mis hechizos, sobre todo el de los Libros del Destino. Así que sacrifiqué mi forma, y estoy día a día consumiéndome para mantener el equilibrio.

- ¿Pero a ti que te importan los destinos de las personas? Me parece que tú eres de los que dejan todo de lado con tal del beneficio propio…

- No es tan así. Cuando me crearon, justo después de la Tierra, se nos asignó una misión, y si hay algo en este mundo que debo hacer sí o sí, es mantener funcionando mí parte.

- ¿Pero, por qué? ¿No es más fácil dejar que todo se pudra?

- ¿No sabes cómo funcionan las cosas, verdad? Bueno, el mundo sin el equilibrio que debe mantenerse, se sumiría en caos, y pronto desaparecería. Yo creo que te has dado cuenta de las cosas que han pasado allá afuera*… Ese desorden ya está manifestándose, no sólo por mi debilidad, sino por muchas otras causadas por ese fenómeno.

- ¿Dónde quieres llegar con esto? – dijo Kao, un poco molesto por el súbito moralismo y preocupación de su creador.

- La verdad es que te tengo que proponer un trato que te beneficiará a ti y a mí, y al mundo en general. Lo que quiero es que te hagas cargo de mis deberes, y a cambio yo te daré el poder que te falta para que las cosas sean como antes y sólo tus acciones cuenten, como lo que decidas en tu vida, y no lo que haga Dark, siendo más fuerte que tu.

Kao se quedó en silencio un buen rato y la voz del Agonizante también se silenció. Midió las posibilidades que esto le brindaría, que cosas malas podrían pasar, y finalmente le preguntó:

- ¿Cómo funcionaría todo? ¿Qué es lo que debo hacer?

- Simplemente debes estar presente todo el tiempo, y ser siempre fuerte. Además, deberías aprender un poco de magia, pero con los poderes que tendrás sabrás contactarte con la gente adecuada para eso.

- ¿Y qué pasará contigo?

- Yo desapareceré… en ti. Seré sólo conocimiento.

- Pero desaparecerás... o sea, ¿tú serás parte de mí? ¿Eso no va a cambiarme en como soy, cierto?

- Desafortunadamente, la estupidez no tiene cura – Kao pensó que ni siquiera pidiendo favores serios, el Agonizante se podía abstraer de humillarlo - De modo que seguirás tal cual eres. Digamos que yo moriré, pero mis conocimientos y mi legado perdurarán a través de ti, por siempre.

- Sabes, me has convencido. Si acepto tu oferta, me libraré de ti y tu voz irritante. Además, algo tendré para hacer y entretenerme toda esta eternidad.

El Agonizante se cayó, dando a entender que estaba de acuerdo y que se preparaba para empezar. Al parecer, era bastante urgente su petición, y Kao también lo notó.

Kao le dijo que estaba listo, y de pronto reapareció la figura del Agonizante frente a él. Más blanco y canoso de lo que lo recordaba. Ahora parecía viejo y cansado, más débil, y menos erguido que como lo había visto antes de esa maldita guerra. Lo último que Dave vio de él, fue su cara de agradecimiento, mientras se le acercaba y se desvanecía en una mancha luminosa que se esparció por toda la habitación, y que se iba introduciendo en Kao como si él fuera una especia de hoyo negro que absorbía la luz.

Gracias”, escuchó, antes de abrir los ojos y ver que ya no había rastro de su creador. Y perdió el conocimiento.

III

Varias horas después, Kao despertó. Se miró las manos, y no encontró nada distinto, se miró al espejo y tampoco vio nada. Sentía, sin embargo, una seguridad muy grande, y a la vez sentía una presión sobre su cuerpo que no había estado ahí nunca. “Debe ser el hechizo de los destinos”, pensó. Miró la puerta detrás de la cual el Agonizante había escondido los Libros de vida de las personas, y sintió que sí existía una conexión entre ellos y su existencia, ahora más llena. Pero del poder que supuestamente esa unión le daría, aún no había señas. “Hay que salir a probarlo”, se dijo, y bajó a la Tierra, al único lugar que él sabía que Dark llegaría inevitablemente: el café donde trabajaba Jennifer, aún sin sus recuerdos.

Cuando Kao entró en el café, vio a Robin ahí de pie, hablándole a Jennifer como si fuera un cliente cualquiera. Sin embargo, Dave sabía que la espada de Dark estaba lista para hacer su trabajo. Después de haberlos ubicado, Kao miró a su alrededor y confirmó lo que sospechaba: Dark ya había traído de vuelta a sus secuaces.

Dark ya había notado que Kao estaba ahí, de pie tras él, como esperando. Robin miró a Telepathor, y éste entendió el gesto. Desenfundó su espada, pero no alcanzó a acercarse siquiera a Kao, porque este lo liquidó con su Movimiento K, sin siquiera mirarlo.

Inmediatamente los gemelos Uyn y Nyu se fueron al ataque, en medio de toda la gente que huía despavorida del lugar, entre ellos Jennifer, quien fue detenida por Dark. Kao, mientras tanto, esquivó rápidamente a los amantes incestuosos, pasando entre ellos, y de paso le hizo un corte tan profundo en el pecho al hombre, que murió casi enseguida. Su hermana siguió el mismo destino luego de atacar, cegada por la cólera. Dark, aún sosteniendo como rehén a Jennifer, miró a Misterio, y le ordenó:

- ¿Qué esperas? ¡Atácalo!

- Yo no me meto en tus cosas – dijo secamente Misterio – Me cansé de seguir tus órdenes y siempre salir mal. Me voy.

Dicho eso, se dio media vuelta, y se marchó. Dark rió un poco, y dejó ir a Jennifer, quien huyó por la parte de atrás del trailer.

- Veo que te has hecho más fuerte – dijo Dark, un tanto preocupado – ¿Cómo lo hiciste? Tengo curiosidad…

- Fue más o menos como tú te volviste más fuerte. No sé explicarlo bien, y creo que tu tampoco.

- Pero sabes más que yo, también. Debe ser un gran avance.

- En realidad vine a ver si era verdad, si de verdad eras más fuerte. Y también, de paso, saber si alguien no me mintió. – Dark lo miró intrigado – No importa. No te lo diría nunca en todo caso, porque no lo comprenderás.

- En todo caso, tampoco te lo estaba pidiendo. Pero veamos que pasó, veamos si sirve toda esa cháchara que has dado.

Salió disparado hacia Kao, embistiéndolo y haciendo que ambos salieran por la ventana hacia el amplio estacionamiento a las afueras de la ciudad. Cayeron y rodaron lo bastante para quedar separados el uno del otro. Se incorporaron, y Kao vio que caminaba alguien conocido hacia ellos: era Boom. “No tengo tiempo para perderlo con esta mierda”, se dijo, y desapareció para reaparecer frente a Carl y atravesarlo con su espada.

- Esto es por traicionarme – le dijo, mientras Boom intentaba gritar frente a él y atacar, pero Kao le tapó la boca de un puñetazo, haciendo que cayera de espaldas, a medida que desaparecía.

- Vaya, parece que sí te enoja que te traicionen – dijo Dark sarcásticamente – Ya verá ese Misterio cuando lo encuentre...

- Si es que te dejo vivir lo suficiente como para que lo hagas…

Y Kao se lanzó con su espada, dando sablazos cada vez más rápido, girando sobre sí. Robin los esquivaba con relativa facilidad, o los desviaba usando su propia espada. De pronto, los giros de Kao se detuvieron sin previo aviso, y le dio un puntapié a Dark en la boca del estómago, bajo su guardia. Dark vio una bola de energía que se formaba en la mano de su enemigo, y se apresuró a salir volando hacia arriba, justo a tiempo para esquivar el ataque.

Una vez en el aire, pudo recuperar el aliento, poco antes de que Kao apareciera frente a él a la misma altura. Había una nueva mirada en Kao ahora, estaba más decidido y seguro de lo que debía hacer: eliminar a Dark y evitar que volviera a encontrarse con Jennifer. Robin se irritó con esa postura altanera de Kao, y se lanzó él al ataque. En el aire, mientras volaba, su espada se encendió con la misma luz azulina de los rayos: estaba preparando un sablazo desde abajo, con toda la energía que su nuevo poder le daba. Kao se preparó para recibirlo, y lanzó un grito, mientras sus espadas se acercaban incontenibles hacia un choque temible.

Cuando se cruzaron las espadas, el cielo rugió con un rayo cayendo entre ellas, las espadas botaban chispas que se mezclaban con los destellos eléctricos de la descarga; Kao había detenido el golpe y se quedó firme, forcejeando, por una milésima de segundo que pareció un minuto, que concluyó con la mandoble de Dark resbalándosele de las manos. Kao rápidamente levantó su Katana, y la bajó, en un movimiento que mutiló mortalmente a su enemigo. Los restos de Dark, cortados limpiamente a través del pecho, cayeron lentamente, mientras desaparecían.

Kao se posó en tierra, y se limpió la sangre de sus ropas. La multitud reunida fuera del café se le acercaba lentamente y temiendo un poco. Hasta que alguien se le acercó lo suficiente como para hablarle.

- Gracias por todo – dijo; era Jennifer.

- ¿Gracias? – dijo Kao, un poco descolocado – Yo no hice nada.

- Es que al ver como ellos lo atacaron, pensé que no había nada que les impidiera hacernos algo, y usted nos liberó de ellos.

- La verdad, Jennifer… – Kao le dijo su nombre para hacerle saber que la conocía – es que ellos te buscaban a ti. Te sugiero que vengas conmigo, y estarás a salvo.

- ¿Pero, y la gente de acá? – dijo ella, sólo con la intención de hacer creer que tenía donde ir y no acompañarlo. Sentía un poco de desconfianza.

- Créeme que ellos estarán más a salvo mientras más te alejes tú de ellos.

- Está bien – dijo ella, nerviosa al ver como la gente murmuraba, asustada.

- Ven conmigo, donde te llevaré estarás a salvo.

Kao la tomó del hombro, tratando de hacerla sentir segura, y le sonrió. “Estarás bien, no te preocupes”, le dijo, y desaparecieron ante la estupefacción de todos lo que allí estaban…



Continúa…
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* ver Extinción


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