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14.3.12

Mirox Zero: Koi

Hola amigos!

Hoy traemos a ustedes la historia de origen de un personaje que hasta ahora había quedado en segundo plano, pero que promete un gran futuro. Miembro de los Guardianes de Oriente y actualmente infiltrado en La Dinastía, les hablamos de "KOI"!

Para conocer como comienza su historia, años antes de su agitado presente, puedes descargar este número de nuestra línea "Mirox Zero" en el link de más abajo!
Portada de Mirox Zero: Koi.

¡Que lo disfruten!






Mirox Zero: Koi











Recuerden leer los otros títulos de esta colección, para conocer mucho más de nuestros personajes.

¡Hasta la próxima!




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8.12.10

Mirox Zero: Paul Morgan (Parte 2)

“Aquel destinado a estar justo en el medio” (Parte 2 de 2)
Historia: R.H. Herrera

I

20 años después.

- Ethan - insistía por el “manos libres” del celular una de las agentes del Equipo Delta de “The Wall” – Ethan, responde.

En una camioneta ubicada cerca del sitio, se encontraban los agentes de reconocimiento.

- Aquí Ethan. Confirmada actividad anormal dentro del edificio… está claro, un demonio clase D. Su patrón espiritual concuerda con Melquiades. Tienes autorización, procede.

- Esto es una pérdida de tiempo.

- Morgan, trato de hacer mi trabajo, tengo que triangular la zona y señalizarles donde se encuentra.

- Ethan, es una pérdida de tiempo, sabes que yo podría acabar con él en menos de 30 segundos.

- Morgan, el Padre no quiere que te involucres… siempre que estás sucede algo raro.

- Están cazando un demonio, ¿eso no te parece suficientemente raro?

- Sí, pero tú regularmente terminas… sólo déjanos intentar, ¿sí? No podemos depender solamente de ti.

El Equipo Delta entró en el edificio. Estaba lleno de jóvenes de aspecto extraño, drogadictos y Punks, en una fiesta bizarra y clandestina.

- Aquí Lavy, Ethan… necesitamos que nos digas quien es el demonio.

- Sólo busquen al tipo de aspecto más extraño.

- Pues todos aquí son extraños… apresúrate si, este sitio me da miedo.

- Sepárense, pero no más de 10 metros cada uno… - el sonido de la puerta de atrás, al cerrase, desconcentró a Ethan - ¡Mierda!, Lavy, Morgan abandonó la Camioneta, creo que se dirige allá.

- ¿Qué? ¿Paul? – de pronto la silueta de Morgan pasó frente a los ojos de la Agente Lavy – Acabo de verlo.

- Detenlo.

Lavy corre, tratando de detener a Morgan, mientras este saca de su chaqueta un revolver Colt, modificado por los ingenieros de The Wall. Entre los gritos de la gente que lo vio sacar el arma, apuntó aparentemente a un grupo de individuos en la tenue luz del lugar.

- Paul, detente - Morgan disparó, destrozando la cabeza de uno de los que se encontraban allí, el cuerpo cayó al suelo y la gente empezó a huir del lugar. - Paul, ¿qué hiciste? – dijo la agente Lavy. Morgan puso el dedo en su boca haciendo el gesto de silencio.

- Mira esto.

El cadáver se levantó y una luz verde inundó el lugar. Luego el cuerpo empezó a arder.

II

- Paul – dijo Julio, ya en su oficina – Tienes que comprender que no puedes ir haciendo lo que se te antoje.

- Padre, es una pérdida de tiempo. Hace demasiados años que trabajo aquí. Sabes que puedo identificarlos sin necesidad de toda esa parafernalia tecnológica.

- Lo sé, pero mataste a una persona inocente.

- ¿Inocente? Sabes que para haber sido poseído no era inocente… Además, ¿que pretendía que los agentes hicieran? ¿un Exorcismo?

- Era una buena opción.

- ¿Una buena opción? En toda mi vida nunca he visto un exorcismo exitoso. Además, aunque lo hubiera, quien ya ha sido poseído es más susceptible a serlo de nuevo… al menos conocemos la debilidad de los “clase D”: mata al anfitrión y los devuelves al infierno.

- Aun así, no es correcto. Además ese método sólo funciona con los de su clase, ¿qué sucede si nos enfrentáramos con un clase B, o peor?

- Pues cuando llegue ese momento, idearé algo, pero puedo hacerlo solo, no necesito de esos idiotas.

- Me case de discutir contigo.

- Será por eso que estás tras un maldito escritorio mientras yo le pateo el culo a esos hijos de puta.

- Necesitas controlarte Paul… tengo una misión para ti, pero no tiene nada de demonios, ángeles o espíritus.

- ¿Entonces, por qué tengo que hacerlo yo? Manda a uno de tus esclavos.

- Es importante Morgan… Joahn desapareció.

- ¿Joahn?

- ¿Lo recuerdas?

- Si, el sacerdote de SXIII.

- Si, desapareció dentro de la ciudad de Sunset. Para evitar un incidente con el Vaticano, les dije que enviaría a mis mejores agentes a buscarlo.

- Es una manera bastante irritante de decirme que soy tu mejor agente.

- Ten – le pasa una carpeta con fotografías y un par de archivos – Es toda la información que tenemos. Fue visto por última vez en Dath Street, los testigos dicen que sólo fue un pestañeo y desapareció. Lo peor de todo es que hay un culto dentro de esas calles… temo que pudo ser víctima de algún sacrificio ritual.

- Claro, los sacerdotes de 76 años son los sacrificios más apetecidos.

- No es gracioso, Paul.

- Sólo trataba de aligerar la carga.

- Ve, y lleva a Lavy contigo.

- ¿Qué?, ella es inexperta, sólo me retrasará. Además, ¿cuánto tiene? ¿20 años?

- Es la mejor agente de rastreo que tenemos… además tiene 24, es 3 años menor que tú. Por favor Paul, no hagas tanto jaleo, ya no eres un niño.

- Jaleo… Quizás si estuvieras en el frente entenderías algo - Paul toma la carpeta y se retira de la habitación, dando un estridente portazo.

- Sé que estás decepcionado, hijo, pero alguien tiene que preocuparse del trabajo legal…

III

“…Recuerdo eso con detalle, Lavy y yo fuimos a Dath Street, investigamos las calles cerca de tres horas, luego me desmayé… no, me golpearon. La habitación está completamente oscura, mis manos están amarradas con cuerdas al respaldar de la silla. Aún estoy medio aturdido por el golpe, pero distingo una figura sentada frente a mí… es un ángel… no, por su color espiritual distingo que es una humano, una mujer… ¿será?

– ¡Lavy, Lavy, responde! – le grito. Quizás ella sepa un poco más de lo que está sucediendo.

- ¿Paul? ¿Eres tú? – respondió con una voz apenas audible – ¿Tienes idea de que sucedió? – … demoro varios segundos en responder.

– Lavy, necesito que te mantengas despierta, no te duermas – dije, intentando evitar que perdiera la conciencia.

– Estoy mareada, me duele la cabeza – escucho el sonido denso de un liquido estrellándose contra el piso, ¿es agua? No, es más denso que eso… no puedo evitar sentir un intenso olor a hierro. Sea lo que sea que haya pasado en esta habitación, está llena de sangre.

– Vaya, vaya, creo que nuestros invitados despertaron – dijo una voz desconocida. Las luces se encendieron y por breves momentos, quede encandilado. Al reaccionar, pude ver a Lavy frente a mí, casi inconsciente, con la cara cubierta de sangre y un enorme charco de sangre en el piso.

- ¿Lavy? – volteo para ver al tipo que nos habló - ¿Qué le hiciste? – de pronto, una imagen me deja atónito, al ver el cadáver de Joahn Arteaga colgado por los brazos, con unos enormes ganchos de acero.

– A ella aún nada… creo que se nos pasó la mano al golpearla en la cabeza, pero ya sabes, las mujeres son algo… frágiles. En cuanto al sacerdote, es un buen sacrificio para Darith, como lo serán ustedes a su debido tiempo – dijo.

- ¿Darith? ¿Acaso eres idiota? ¡Darith no existe, es un demonio ficticio! - conozco mucha mitología y demonología antigua, no hay indicios de que Darith existiera. Conozco este tipo de idiotas… toman una leyenda urbana y la transforman en religión, el problema es que él parece estar convencido de que existe.

– Eso es lo que crees… Darith me habló en un sueño, y como su profeta, debo comer de la carne de algún pagano y darle a mi culto un pedazo del cuerpo. Estarán largo tiempo acá, por lo menos  hasta que terminemos con el cadáver del viejo…

Esto sí es un problema, dadas las condiciones en que se encuentra Lavy, no durará mucho sin atención medica, y ahora tendré que enfrentarme contra un culto caníbal… esto no pinta nada bien.

El sujeto toma una motosierra y se acerca al cadáver del anciano sacerdote, y de a poco desmiembra su cuerpo pedazo por pedazo… primero sus piernas, luego su torso, la sangre espesa corre por el piso y se pega en las suelas de mis zapatos… debo mantenerme impávido, y mi mente fría para poder pensar en la forma de salir de aquí, las cuerdas son gruesas, pero el asiento es de madera balsa. Aún así, demorare un poco en romperla, no puedo hacerlo con él aquí.

Terminado su depravado acto, el tipo, junto con tres sujetos más, toman los trozos mutilados del sacerdote y los llevan a otro lado del edificio. Luego, vuelven a dejarnos con las luces apagadas.

Siento el sonido de sierras eléctricas de la habitación continua… excelente, así no escucharán cuando rompa la silla.

– Lavy, Lavy ¿puedes oírme? – pasa un momento, y me responde que sí. Bien, continúa despierta – Lavy, escúchame, no te duermas, necesito que te mantengas despierta – hablo con ella para evitar que pierda el conocimiento mientras intento romper la silla.

– Esa noche, en la discoteca, ¿cómo supiste quién era el demonio? – me pregunta. La silla estaba bastante dura y se resistía bastante.

- Para mí es simple, puedo verlos.

- ¿Verlos?

– ¡Carajo, esta maldita silla está muy firme!... Si, es una maldición con la que nací. Entre otras cosas, puedo ver el alma de las criaturas, eso incluye demonios o ángeles.

- ¿Maldición? Eso te facilita mucho el trabajo, ¿sabes? – dijo, con un tono de voz somnoliento, ella se está debilitando – Desde que llegué a The Wall, siempre te admiré… ¿Cuantos demonios has matado?

- ¿Matar? Los demonios no se matan, se espantan.

- Pero si matas al anfitrión…

- Simplemente, he matado a humanos, Lavy. No hay nada de orgullo en eso, pero es la única forma de vencer a las clases D, al menos hasta encontrar la manera de matarlos.

- ¿Y si nos encontramos uno de clase mayor?

- Conozco demonios clase C, B y A, aunque los B y A difícilmente atacarán a los humanos. Ellos prefieren ejercer influencias.

- Pero, ¿te has enfrentado a un clase C?

- Si – la silla se rompe, y puedo ponerme de pie, me dirijo a desatar las manos de Lavy – Cuando era niño, un clase C atacó el pueblo donde vivía. Si no es por Julio, creo que no hubiera sobrevivido.

- Sabes, Paul… – desaté a Lavy, la tomé en mis brazos y la dejé al costado de la puerta – Yo siempre te admiré, creí que quería ser como tú – con la puerta entre abierta, puedo distinguir un guardia, con una pistola 9mm. No es mi estilo, pero servirá. Parece estar sólo – Pero ahora descubrí que lo que siento por ti es más profundo…

Poco en cuenta tomé lo que Lavy decía, puesto que estaba delirando por la pérdida de sangre. Me abalancé sobre el guardia por la espalda, lo tomé del cuello, pateé sus piernas para que cayera de rodillas, y le quebré el cuello. En eso, entró otro sujeto a la habitación, tomé un cuchillo, y le di una estocada directamente en la manzana de Adán. Luego, tomé las armas de ambos y le pase una a Lavy. Ella, casi inconsciente, intentó pararse, pero era incapaz de caminar bien, así que le ayude a caminar. Los pasillos eran largos, y supuse que nos encontramos en una carnicería de la ciudad.

Entramos a una habitación, posiblemente la refinería, y les disparé en la cabeza a los tipos que se encontraban allí, antes de que pudieran sacar sus armas, cinco sujetos en total. Luego una bala atraviesa mi brazo derecho, y la pistola cae de mis manos.

– Vaya, así que lograron escapar – este es el sujeto que despedazó a Joahn. Disparó nuevamente en mi rodilla izquierda, caí de rodillas, y Lavy cayó a mi lado, inconsciente. El tipo se acercó, y puso el arma en mi cabeza – Es lamentable… parecían ser estupendos sacrificios.

Un disparo, directo en su espalda. Lavy, con lo último de sus fuerzas, puso una bala en la espina del tipo, el cual cayó al piso con convulsiones. No podía mover sus brazos, ni sus piernas, pero su mirada me decía que seguía consiente. Tomé su arma con la mano izquierda, y la puse en su cabeza.

- ¿No puedes moverte? Creo que dañó tu medula espinal – tiré la pistola al suelo – No te daré descanso, será tu castigo quedar postrado el resto de tu vida.

IV

- ¡Imbécil! - gritó Ethan, mientras golpeaba fuertemente mi rostro.

- ¡Ethan, detente! – exclamó Julio – ¡Estamos en un hospital, por Dios!

- Es que no lo entiende – dijo. Luego volteó su rostro hacia mí, puso su codo en mi cuello y presionó con fuerza - ¡No lo entiendes!

- Eres tú quien no comprendes – dije. Él bajo la mirada, y la mantuvo fija en el piso.

- Tienes razón, no lo comprendo. Nunca demostraste el menor interés por tus compañeros, nunca priorizaste nada más que tus propios logros… “Él que ha resuelto más casos”… nunca consideraste el valor y esfuerzo de los demás, nunca te detuviste a pensar lo inútiles que nos hacías sentir cada vez que interrumpías nuestro avance, por cegarte en tu porfía. Eres peor que la escoria que cazamos, y aun así, ella… ella te admiraba, eras su ídolo y ni siquiera fuiste capaz de protegerla.

- Ella está así por sus propias decisiones.

- ¡Está en coma, Morgan! ¡Está en coma por protegerte!

- Yo nunca le pedí que lo hiciera - en un ataque de ira, Ethan golpeó mi rostro una y otra vez. No sé porque no me defendí, quizás en alguna forma, sentí que lo merecía – Puedes golpearme todo lo que quieras, pero eso no te devolverá a Lavy - Ethan sacó su pistola, la puso en mi frente, y bajó el repetidor de carga.

- ¡Ethan! - dijo Julio, mientras desviaba el arma de Ethan de mi cabeza.

- Ni aun así muestras una sola emoción en tu cara Morgan. Eres un bastardo sin sentimientos, no vale la pena desperdiciar una bala en ti.

Ethan se marchó. Luego de ese día, nada volvió a ser lo mismo. Cada día sentía las miradas de odio y miedo de los agentes de The Wall. Me culpaban por lo de Lavy; habían pasado un par de meses y ella seguía sin despertar.

En el momento en que el ambiente fue tan denso, comprendí que mi sola presencia dentro de The Wall era motivo de discordia, y una potencial bomba de tiempo. Decidí entonces dejar el Departamento. Quizás fue por cobardía… prefiero pensar que fue por sensatez. Quizás debí despedirme de Julio, quizás debí dejarle flores a Lavy.

Simplemente salí sin avisar, sólo con lo que llevaba puesto, desde el límite de la ciudad de Sunset, dejando atrás la ciudad que me vio crecer, dejando atrás al hombre que me salvó y que me consideraba su hijo, dejando atrás a la organización que le dio sentido a mi vida hasta ahora, dejando a los agentes, aquellos que una vez fueron mis compañeros y me miraban con admiración, habiéndome transformado en un monstruo a sus ojos, sin haber visto nuevamente los ojos de la mujer que sacrificó su conciencia por mí. Si… realmente lo he perdido todo, ahora sólo yo y el destino implacable… hasta el Desierto de Eria parece un buen lugar para comenzar una nueva vida, y enfrentar mi destino…


Fin...
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17.11.10

Mirox Zero: Paul Morgan (Parte 1)

“Aquel destinado a estar justo en el medio” (Parte 1 de 2)
Historia: R.H. Herrera.



Solía ser un investigador de la Iglesia; si se presentaba algún caso paranormal, mi trabajo era investigar que sucedía y desmentir los fraudes, aunque varias veces, me toco plantar evidencia para que aquellos casos parecieran falsos… es algo de lo que no me enorgullezco, pero en ese tiempo pensaba que era lo correcto. Mas, aquel encuentro fortuito me hizo comprender el error que había cometido.

En un pequeño pueblo al sur de Eria, sucedían una serie de eventos paranormales. Mi misión era demostrar que aquellos hechos, desde apariciones de espectros hasta posesiones demoniacas, no eran más que histeria colectiva.

El ambiente era bastante denso. Luego de hablar con varias personas del pueblo, un nombre se repetía constantemente: Paul Morgan. Decían que el día de su nacimiento, se abrieron las fauces del Infierno, y que los alaridos de la noche habían enloquecido a toda la gente del rededor.

Busqué los expedientes de dicho día… al parecer, el mismo medico de planta sufrió un ataque de psicosis paranoide, y que escarpelo en mano, había intentado apuñalar al recién nacido. Al intentar detenerlo, varios funcionarios murieron degollados. Las fotografías mostraban que las heridas provocadas en las víctimas eran dos cortes paralelos en el cuello, de izquierda a derecha, con extraordinaria precisión. El Doctor Kampher degolló a siete personas antes de ser detenido por un golpe en la cabeza, proporcionado por el mismo padre de Paul. Testigos dicen que, a pesar de tener el cráneo roto y de no poder pararse, el doctor seguía gritando: “Destruyan a ese engendro, sólo traerá desgracia a este mundo”.

He oído que suele hablar solo y no sólo eso: adivinó la forma y el lugar exacto en que habían muerto cuatro personas, varios años antes de su nacimiento. Uno de ellos era un caso de supuesto suicidio. El niño visitó la escena el crimen, y dijo que la víctima había sido asesinada y posteriormente colgada al árbol, para que pareciera un suicidio. Además, dijo no sólo el nombre del asesino, sino que entregó las pruebas suficientes para demostrar su culpabilidad. Al preguntarle los oficiales cómo se había enterado, él les respondió: “Pero si él mismo me lo dijo, ¿no lo pueden ver? Aun está ahí, colgado”.

Este hecho sucedió cuando Paul tenía 3 años y apenas si sabía hablar. Lejos de ser considerado como alguien especial en el pueblo, ellos le temían. No fue hasta la primera vez que hable con él que entendí el motivo del miedo.

- ¿Puedes decirme tu nombre?

- Paul, padre.

- Bueno Paul, ¿cuántos años tienes?

- Tengo seis.

- Seis años, ya eres todo un adulto ¿cierto? ¿Sabes por qué estoy aquí?

- Si, es porque soy raro.

- ¿Raro?, ¿por qué dices eso?

- Porque todos en el pueblo lo dicen, mi madre lo dice y mi padre teme mirarme a la cara.

- Eso es malo. ¿Les has dado algún motivo para hacerlo?

- Si.

- ¿Cuál?

- Veo cosas que ellos no pueden.

- ¿Cosas? ¿Qué cosas? - la cara del niño cambió completamente, y de sus ojos brotó un brillo rojizo como una llama de fuego.

- Su madre puso una pistola en su boca y disparó. Se voló el cráneo.

- ¿Cómo sabes eso? – dije asustado.

- Porque está detrás suyo. Siempre lo ha estado, nunca lo ha dejado sólo – por acto reflejo volteé, pero no había nada – Quiere que usted sepa que no fue culpa suya, ella lo hizo para liberarlo del estigma de ser hijo de una prostituta.

Era uno de mis secretos mejor guardados. Al poco tiempo de nacer, mi madre se suicidó de un tiro en la cabeza, y fui criado en un monasterio. Hace poco supe que mi madre era prostituta, y que mi padre era el difunto Obispo. Todos esos datos eran imposibles de saber para este niño.

– Ella ha cuidado de usted toda su vida, pero usted aún no la ha perdonado, y no puede desligar su alma de usted – me dijo, luego.

- ¿Cómo puedes verla?

- Danael dijo que mis ojos son la clave.

- ¿La clave?

- La clave del equilibrio.

Ahora parece bastante claro, pero en aquella época, las Enseñanzas me decían que no debía creer. Sin embargo, la exactitud con la que ese chico relató la muerte de mi madre me tentó a creer… además habló de Danael, un ángel menor, poco conocido… dudo que la imaginación de un niño de seis años diera para tales horrores.

Una pregunta me dio vueltas en la cabeza: y es que a pesar de todo lo que él decía ver, permanecía impávido. He visto a guerreros vigorosos temblar de miedo al sentir el filo de la muerte cerca, pero este niño parecía convivir con la muerte como algo natural, su nivel de frialdad era impresionante. No me extraña que la gente del pueblo le temiera.

Dijo ser perseguido por un demonio. Revisé los expedientes entregados por el Papado y la antigua tradición de la Inquisición sobre exorcismo y casería, y llamé a mis contactos en el D.A.E., o “The Wall”, como preferíamos llamarlo. En aquellos tiempos, “The Wall” era recién un proyecto en formación, sin embargo, en su incipiente División Paranormal tenían lo que necesitaba: un mosquete de la época colonial, con balas huecas de cobre rellenas con mercurio bendito… según el folclore, decían que eran capaz de espantar a un demonio al centro mismo del Infierno.

Luego de tres días de espera recibí el mosquete, con las últimas 3 balas que aún permanecían en condiciones de ser disparadas. Fabriqué proyectiles de plomo para practicar el tiro al blanco, y luego de un par de días, fui capaz de dominarlo en cierta medida. En ese momento pensé que estaba siendo paranoico, pero algo me decía que necesitaría de aquellas habilidades, pronto.

A pesar de todo aquello, no descuide mi investigación. Durante aquellos días pude hablar con uno de los sobrevivientes de la fatídica noche del nacimiento de Paul: “Ese niño, como olvidarlo… pensamos que había nacido muerto, en ningún momento lloró. Luego, el doctor comenzó a gritar como poseído, su voz aún resuena en mi cabeza, no he podido olvidarla, sigue atormentándome… el niño debe morir”. Comenzó a reírse neuróticamente, gritando “el niño debe morir”.

La misma noche de mi visita, el testigo se suicidó, atravesando su cabeza en ambos oídos con lápices de madera, luego de que escribió con su propia sangre: “No puedo sacar su voz de mi cabeza, el niño debe morir”.

La última noche, vi llegar al niño cubierto de sangre a la iglesia, clamando por ayuda. Me pidió que lo escondiera. En un principio no entendía… el padre Raúl, el clérigo del poblado, salió de la iglesia, y nosotros sólo observamos desde una de las ventanas de la torre del campanario. El pueblo entero reunido, gritaba: “¡El niño debe morir!”.

- ¿Qué es lo que sucede? - preguntó el padre Raúl.

- Denos al niño - respondió uno de los sujetos del pueblo – ¡Mató a sus padres, los descuartizó! Está poseído por el Demonio, ese niño debe morir.

- Mis queridos feligreses, él sólo es una criatura, esto debe ser un mal entendido.

- No trate de ocultarlo, padre, o… ¿acaso es usted también un demonio?

- ¿Qué, como se atreve a insinuar semejante blasfemia? No dejaré que fanáticos como ustedes le hagan daño al niño.

- Quítese, o pasaremos sobre usted.

- No me retiraré.

La turba enardecida se abalanzó sobre el anciano sacerdote, destrozando su cuerpo a golpes. Presencié todo el macabro hecho.

- ¿Qué está pasando, Paul?

- Mató a mis padres… mató a mis padres, los despedazó, frente a mí.

- ¿Quién?

- El demonio.

- ¿Qué?

- Está ahí, entre la gente. Es sólo un demonio, pero mantiene la posesión del pueblo completo. Quiere matarme.

- ¿Puedes decirme cuál es el demonio?

- Si.

- No te pasará nada, yo te protegeré.

Mientras hablábamos, los pueblerinos botaron la puerta principal. Tomé a Paul, y bajé escondido entre la torre. Tenía mi mosquete, pero 3 balas no eran suficientes para el pueblo completo.

- ¿Sabes dónde puedo encontrar armas, o algo para defendernos?

- Si, el viejo Marcos tiene una tienda de caza. Hay rifles y pistolas ahí.

- Guíame.

Nos guarecimos en la tienda. Tal como el niño dijo, estaba lleno de armas. Al inicio sólo pensé en dispararles a las piernas y no matar a nadie, pero cuando empezaron a llegar, a pesar de romperles las piernas con los disparos, seguían caminando. Uno de ellos me acorraló, y no me atrevía a dispárale a la cabeza.

De pronto, Paul golpeó fuertemente la cabeza del que me amenazaba con una pala, lo hizo caer de rodillas, puso el filo de la pala entre sus dientes, y empujo fuertemente, decapitándolo: “No temas, ellos ya están muertos, sólo puede controlar los cuerpos muertos”. Tras estas palabras comprendí que debía dejar de lado aquello de no matar. Si queríamos sobrevivir, teníamos que valernos de todo.

Tomé el rifle y disparé. No sé a cuantos le volé la cabeza… la verdad es que no los conté, ni siquiera los miré a la cara, simplemente disparé… pero uno de ellos, por más que le disparaba, no caía, es más, sus heridas sanaban: “Él es”, dijo Paul.

Sólo un pestañeo, y apareció frente a mí: “Buenas noches, Padre”, y golpeó mi estómago tan fuerte, que salí despedido hacia la pared. El golpe fue tan fuerte, que momentáneamente perdí la conciencia.

Al despertar, me encontraba mareado, tanto que vomité, y no podía enfocar bien lo que mis ojos veían. Lo poco y nada que vi era a Paul herido, sosteniendo un cuchillo en su mano derecha, y al demonio que le faltaban varios dedos. Muy furioso, golpeó violentamente la cabeza de Paul, y este cayó varios metros, rebotando en el piso y semi inconsciente. Intenté ponerme de pie, pero mis piernas no respondían, mi mano izquierda tampoco. Saqué como pude el mosquete de mi bolsillo, y con mi mano derecha, tambaleando, apunté al demonio mientras este ponía la pala sobre la nuca de Paul: “Ahora morirás, engendro”. Disparé sólo para detenerlo, la primera bala perdida sólo lo rozo.

 “No te preocupes, Padre, ya seguiré contigo”, volvió a intentar matar a Paul, disparé por segunda vez, y esta vez di en la rodilla izquierda del demonio: “Mercurio bendito… te lo has ganado, hijo de puta, acabare contigo primero”.

Indudablemente lo hice enojar. Se acercó a mí, con la clara intención de matarme. Pero antes de poder hacerme cualquier cosa, Paul, con la última fuerza que le quedaba, lanzó el cuchillo, enterrándolo en la espalda del demonio, no lo suficiente para matarlo, pero si como para distraerlo, y no necesitaba nada más. A quemarropa era virtualmente imposible fallar. Disparé directo a su cabeza, y su cuerpo se descompuso, primero su piel, luego su carne y posteriormente sus huesos.

Tengo claro que aquel disparo no lo mató, pero lo alejará el tiempo suficiente para que Paul sea capaz de defenderse. “¿Se acabó?”, preguntó Paul. “Eso espero”, respondí, mas, él no alcanzo a escuchar mi respuesta, y cayó inconsciente, y para que mentir, yo también estaba exhausto.

Cuando desperté Paul estaba a mi lado:

- Durmió durante 3 días, padre.

- Eso es mucho tiempo.

- Aún no me ha dicho su nombre.

- Mi nombre es Julio Hernández, y ya no soy sacerdote.

- ¿Desde cuándo?

- Desde que un maldito demonio intentó reventarme la cabeza.

- Jajajajaja, eso fue gracioso. Pero, ¿qué será de mí ahora?

- ¿Qué será de ti? Eso sólo puedes decidirlo tú.

- Es que ya no me queda nada, no tengo a nadie.

- Pues ven conmigo. Sabes, hay un pequeño grupo en formación, en un lugar que llamamos “The Wall”.

- ¿”The Wall”?

- Básicamente, somos un montón de ñoños investigando el pasado, pero había pensado en darle un nuevo giro… con la información que “The Wall” posee y tu talento, podemos evitar que esto vuelva a suceder… y quizás encontremos más gente como tú.

- Más gente rara.

- No, más gente elegida.

- Elegida, cierto… el ángel lo dijo: debemos resguardar el mundo.

- Si, eliminaremos a todos los demonios del mundo.

- No. Debemos mantener el Equilibrio de las cosas.

- ¿El Equilibrio?

Ahora entiendo lo que Paul decía. El Equilibrio… ser neutrales en todo momento, no ayudar al Cielo ni al Infierno, esa es nuestra misión. La misión de nuestra División Paranormal, mi misión, la misión de Morgan… es el destino de aquel hombre que nació justo en el medio…
                               

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Fin de la primer parte.
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13.12.09

Mirox Zero: Los Inmortales (Parte 2)

“Génesis Eterno” (Parte 2 de 2)
Historia: Diego Arévalo.

IV

Dave Andrews se hincó para tocar la plataforma sobre la que se sostenía la casa para cerciorarse de que de verdad era metal aquello tan brillante. Luego decidió entrar a la casa, y en la puerta pensó en que no tenía la llave, si es que esta casa necesitaba una. Sin embargo, igual de repentino que ese pensamiento fue la confirmación: tan sólo con tocar la puerta ésta se abrió, dejando ver un corto pasillo que daba a una sala de estar muy cómoda con una sola ventana a la izquierda, a través de la cual sólo se veía la negrura del espacio y unas estrellas. Después de la sala el pasillo daba a una escalera al segundo piso ocupado completamente por 5 habitaciones. Bajo la escalera había una pequeña puerta que daba a una especie de laboratorio un poco espeluznante.

Luego de inspeccionar la casa, Dave eligió una habitación, y por fin, después de tanto ajetreo, pudo dormir.

V

Al día siguiente, al abrir los ojos, se encontró en esa habitación sin ventanas en ese lugar que le era tan ajeno aun y recordó: “es cierto, todo eso pasó de verdad”. Bajó a la sala de estar en el primer piso, y se sentó a pensar acompañado de un cigarrillo y un trago que encontró en un bar muy bien provisto a un costado de la sala. Ya había probado que más podía hacer, pero no había intentado saber qué había sido de su vida antes de estrellar su auto. Entonces se decidió a tratar de volver a la Tierra y buscar algo de su pasado. Recordó cómo lo hizo para llegar hasta esta mansión, y lo único que logró fue recordar una sensación, pero eso fue suficiente.

Apareció en el parque de Unife, en el mismo lugar en que se encontraba la noche anterior, en el preciso momento en que desaparecía para llegar a la mansión. Se dio la vuelta y vio que estaba parado frente a una cueva. Era inevitable sentir la curiosidad de adentrarse y echar una mirada, por muy infantil que fuera esa sensación, pero que era más fuerte que sólo un capricho. Luego de un par de segundos, ese sentimiento se transformó en voz, no una que se oyera dentro de la mente de Dave, sino más bien una voz melodiosa de mujer que lo llamaba desde dentro de la cueva, casi lo hipnotizaba. Finalmente decidió entrar.

Era una caverna corta, de paredes oscuras, donde entre algunas rocas se podía ver tierra y las raíces de los árboles. Se escuchaba agua gotear, pero no había ningún hilo de agua que se dirigiera a la salida, pero la humedad y el frío eran muy reales. No se podía ver mucho dentro de ella, ya que la tenue luz proveniente de la entrada se apagaba rápidamente al avanzar unos dos metros. A este punto Dave avanzaba con cautela y con una mano extendida adelante y la otra apoyándose en la húmeda y fría pared de roca. De pronto sintió algo mucho mas frío delante, algo que caía y resbalaba suave y veloz por su mano hacia el suelo. Buscó el encendedor que había guardado en su bolsillo, subió el regulador al máximo y lo encendió. Lo que vio lo dejó sin aliento: delante de él caía una verdadera cascada, silenciosa pero muy, muy delgada casi como una hoja pero que estaba ahí y se movía vertiginosa hacia el suelo, donde casi no salpicaba y desaparecía inmediatamente. Con su mano atravesó el agua, y la movió de lado a lado; era seguro. Contó hasta tres en su mente, y saltó hacia delante.

Dave esperaba encontrar una extensión de la caverna, un lugar oscuro, frío y húmedo por donde el agua escurría hacia los interiores de la tierra, sin embargo nada de eso apareció ante sus ojos. En vez de paredes negras y húmedas encontró un lugar muy iluminado, las paredes de roca dieron paso a unas lisas paredes hechas de algo que parecía luz pura, cálida y amigable. De las paredes los colores alternaban con símbolos extraños iluminando en distintas tonalidades el cuero negro de la chaqueta de Dave.

- Dime tu nombre, extraño – se escuchó decir a una voz melodiosa y profunda, femenina y bella.

- Dave Andrews – repitió él, inseguro como se lo había dicho a los policías en el parque.

- Dime TU nombre, extraño – repitió comandante la voz, enfatizando el “tu” – no quiero el nombre que tus padres te dieron, quiero TU verdadero nombre.

- Mmm… Kao – respondió él al cabo de un rato, recordando ese nombre como si hubiera sido algún apodo de universidad o algún seudónimo.

- Muy bien, Kao. ¿Qué quieres de mi?

- La verdad esperaba ser yo el que preguntara el por qué estoy aquí…

- Esa respuesta no existe Kao. Tu viniste a mi porque así lo deseaste.

- Entonces, ¿qué es este lugar?

- Este es un refugio de conocimiento, un oasis para que aquellos que no pueden morir encuentren reposo y recuerdos.

- ¿Qué es eso de “los que no pueden morir"? ¿Que tiene eso que ver conmigo?

- ¿No lo sabes aún Kao? Veo que no estás preparado entonces. No puedo decirte nada más, el resto lo deberás buscar por ti mismo y hallar las respuestas necesarias para volver aquí.

Dicho esto, la voz se esfumó paulatina pero rápidamente junto con las paredes, los colores y la calidez, dejando a Dave en un agujero húmedo, cubierto por una delgada capa de agua que caía sin cesar.

VI

Salió de la cueva con una duda más, en vez de las respuestas que en la mañana se había propuesto encontrar. Aún no sabía nada de su vida, familiares o estudios, profesión si es que tenía... o la había tenido. Una idea daba vueltas insistente en su cabeza: “los que no pueden morir” ¿Qué habrá sido eso? ¿A que se refería la voz?

Caminó por las calles, de la cuidad buscando alguna oficina del registro civil donde pudiera pedir información acerca del nombre que recordaba: Dave Andrews. Cuando hubo encontrado una, debió abandonarla rápidamente ya que en el mural estaba una foto suya pegada señalándolo como sospechoso de provocar un accidente donde habría fallecido Dave Andrews. Desesperado, se escondía entre callejones esperando pasar desapercibido, la lluvia comenzó a caer sobre Unife, haciendo que Dave – o Kao como se sentía identificado desde hace rato para sentirse menos fugitivo – experimentara la más cruel de las desolaciones. Sentía como si las lágrimas hicieran un nudo en su garganta de la sola desesperación y desamparo. Nada de lo que veía o se decía a si mismo parecía real, y corría.

Entró en otro callejón esperando no ser visto por nadie, no quería ser visto en tan vergonzosa situación a pesar de que nadie supiera quién era él en realidad. De pronto un sonido, un grito en realidad, lo sacó un tanto de sus pensamientos desesperados. Se acercó hasta donde doblaba el callejón y lo que vio terminó por sacarlo de su pesada tortura mental; un hombre arrastraba a una mujer hacia la oscuridad de la parte estrecha del callejón. Ahí lo esperaba otro tipo, riendo maliciosamente.

- ¡Mira los que me traes! - dijo risueño.

- La cacé ahí a la salida, por donde pasan todos.

El tipo que llevaba a la mujer le tapó la boca con su mano, mientras que el otro tironeó de la chaqueta de la misma hasta quitársela, tironeó la polera que vestía la pobre muchacha dejando ver su ropa interior. Con el mismo jirón le hizo una mordaza y le amarró las manos, mientras que el primer tipo rasgaba el vestido de su victima; la había traído para saciar sus bajos e inmundos instintos.

Kao miraba la cruenta escena colérico, y sin darse cuenta muy bien de lo que hacía se acercó sigilosamente apegado a las murallas. Algo golpeó contra el concreto; era la katana que le hubieran descubierto la noche anterior aquellos policías. El sonido alertó al primer tipo, que con el cinturón desabrochado se acercó a mirar. Kao no lo pensó dos veces y desenfundó la espada. Al ver al hombre, inmediatamente se le abalanzó, dando un corte desde arriba, mutilándolo: le cortó el brazo. El otro hombre dejó a la mujer en el suelo y sacó una pistola para ir a ver que era lo que pasaba, el manco lo vio venir y huyó despavorido presa del miedo y la confusión que le causó su herida. El tipo del arma miró a Dave, y se asustó al ver la espada ensangrentada, temió que le fuera a hacer lo mismo y sin mirar bien levantó el arma y disparó a quemarropa, al tiempo que emprendía una loca carrera por su vida.

El tiro dio de lleno en el pecho de Kao, a pesar de que movió instintivamente la katana tratando de desviar la bala. Cayó al suelo malherido y sangrando, sintiendo el calor abrasante de la bala y el olor a pólvora al tiempo que notaba lo difícil que le era respirar. Giró su cabeza para ver donde se encontraba la muchacha y vio que ella se cubría con su chaqueta y se le acercaba, aún llorando. Su vista se nublaba cuando ella se le inclinó a su lado, temblorosa. Le dijo algo que Dave no pudo entender y corrió hacia la calle, posiblemente en busca de ayuda, pero ya era tarde. Kao dejó de sentir ese ardor y dolor en el pecho y sus ojos vieron sólo oscuridad.

VII

Dave despertó con la lluvia, haciendo memoria recordó el incidente y pensó que debía estar en un hospital y no en… ¡El tejado de un edificio! ¿Qué estaba haciendo ahí? ¿Cómo había subido hasta ahí? La mujer…

Se puso de pie lentamente examinando el lugar donde la bala había penetrado, pero no encontró ninguna herida, apenas un rasgón en el polerón verde oscuro que llevaba puesto. Se inclinó sobre el borde de la azotea y miró hacia abajo. Vio el lugar lleno de policías, algunos cubiertos por paraguas y un par inclinados sobre un brazo mutilado. Y entonces Dave recordó todo de golpe, se recostó súbitamente en la parte interna de la cornisa, escondiéndose de los policías. Su corazón latía fuerte y muy rápido, recordó las emociones que había experimentado momentos antes de perder el conocimiento, la sensación de atravesar la carne del maleante, la adrenalina fluyendo por sus venas y por sobre todo el impacto de la bala en su tórax. Recordó la respiración difícil y sus ojos nublándose… recordó esa sensación, que debería parecerse mucho a sentir la vida escapar de su cuerpo.

¿Sería posible? ¿De verdad había muerto? Si así fuera… ¿Por qué estaba ahí de nuevo? Recordó esas mismas preguntas que habían aparecido luego del incidente con el auto… Era imposible, eso no debe pasar. Cosas como esa de hecho NO PASAN, se trató de convencer. “Los que no pueden morir”, recordó, sin querer creer nada de eso. Necesitaba una prueba, buscó la espada, la tomó en sus manos y apoyó la punta en su pecho, en dirección al corazón. Cerró los ojos, pero no tuvo el valor de empujar la hoja; la bajó hasta su muñeca, pensando, “esto debe doler menos”, y se cortó.

Pensó que era una manera muy absurda de suicidarse, pero era efectiva. Ahí arriba nadie lo ayudaría, y si estaba equivocado tendría tiempo de pedir perdón a Dios por ser tan estúpido. No estaba mirando la herida, por lo que le pareció raro no sentir nada en su brazo. Puso atención y notó que su brazo estaba sanando… ¡Sanaba de verdad! Su muñeca dejó desangrar lentamente, y la herida se empezó a cerrar poco a poco hasta que ya no quedó vestigio del corte, más que la sangre siendo lavada por la lluvia que aún caía.

Entonces era cierto. No podía morir. O al menos las heridas no parecían ser un problema. La confusión y los nervios se apoderaron de él, se sentía intocable y se reía satisfecho, como si se estuviera volviendo loco. Su risa enferma terminó de golpe cuando escuchó que policías subían apresuradamente por la escalera de incendios. La salida más rápida era también una prueba de su poder: arrojarse por el borde hacia la calle y escapar. Eso fue lo primero que se le vino a su confusa mente, y más que una idea descabellada, surgió como un recuerdo. De niño había soñado que caía, ese típico sueño en que uno cae y despierta con el corazón agitado. Pero Dave muchas otras veces no caía, por el contrario, alzaba el vuelo mucho antes de tocar el suelo – un sueño bastante común según parece -. De modo que no dudó en lanzarse al vacío antes de que alguien lo viera ahí, por otro lado, ya había probado que podía volar, el día anterior.

Cuando iba cayendo se esforzó en recordar aquella sensación tan real que le otorgaran los sueños de antaño – de tiempos que no recordaba, de hecho – y voló libremente, huyendo de lo bizarro que había sucedido recién. Voló sintiéndose intocable, invencible. Si no podía morir no habría nada que no pudiera hacer, ni aunque se tardara un millón de años literalmente. Volaba cada vez más rápido hasta que las gotas de lluvia golpeando en su cara le empezaron a lastimar. Y ese mismo dolor le trajo una nueva preocupación: dolor, por muy inmortal que fuera, el dolor físico estaba ahí, palpitante y real como cuando estrelló su auto, o como esa bala que le perforó el pecho. Dolor, como el de no saber de dónde venía o quien era realmente, un dolor eterno que nacía de sus dudas. Dolor de sentirse solo, completamente solo.

No era buena idea quedarse ahí en medio del cielo, con lluvia y el corazón apretado de tribulaciones, un panorama muy depresivo sin duda. Sería mejor volver a la casa, secarse y tratar de descansar; hoy, tal como ayer, había sido un día pesado.

Tomó un trago y se fue a dormir, y tal cual el día anterior, se fue a la cama con el deseo de que todo fuera un sueño, solo que esta vez la esperanza era mucho menor.

VIII

Los días que siguieron fueron una constante rutina. Acomodaba la casa a su gusto y dormía, no sentía hambre, no tenía ganas de nada y todo le parecía vacuo. Cuando se estresaba demasiado, salía y volaba sobre los mares, recorría las playas cercanas a Unife, y se detenía a pensar en lo terrible que era no saber nada de nada.

Durante esos días, no volvió a la caverna, pasaba las horas pensando en lo mismo y se atormentaba. Hasta que un día, al bajar a Unife, sintió algo extraño, como un aroma en el aire, algo que lo incentivaba a buscar. Más que un aroma era como un llamado, mucho más leve que aquel que lo llevara a entrar en la cueva, pero era similar, familiar e inspiraba confianza. Siguió, o más bien buscó la procedencia de esa sensación, y llegó a un aeródromo. Allí vio a un tipo flaco, rubio y de apariencia madura, como de unos cuarenta bien conservados años. Reparó en su propia edad, con suerte él mismo aparentaba unos veintidós años.

- ¿Lo conozco joven? – preguntó aquel hombre.

- No que yo sepa – respondió Kao.

- Entonces, ¿Qué quiere conmigo?

- No sé, yo sólo busco algo que al parecer está por aquí…

- ¿Qué es esa espada? – preguntó el tipo, luego de ver la punta de la funda que sobresalía bajo el chaquetón.

- Ah, esto. Es parte de lo que ando buscando, al parecer. Créame que no tengo nada claro en mi mente.

- Ya veo. Creo que somos dos entonces – dicho eso, mostró una espada que escondía colgada en su cinturón, ocultándola de la vista frontal. – ¿Se te hace conocida ésta?

- No – respondió temeroso Kao – y no sé si su tono es una amenaza o qué…

- Jajaja, chico, no temas. Simplemente creí que tenías alguna respuesta para mí. Hace unos días que todo es muy confuso…

- Sé cómo se siente… yo de hecho estoy en la misma búsqueda de respuestas.

Kao y el hombre guardaron silencio. Había cierta complicidad en ambos, y cierta empatía también. En ese silencio, Kao se dio cuenta que aquella sensación como aroma no era más que un lazo que lo unía a él – un inmortal, como prefirió llamarse por ahorrar saliva, y no decir “que no puede morir” – a este otro hombre que seguramente era inmortal también. Dave le ofreció un lugar en la casa por si aceptaba quedarse, y junto con ello, también, la ayuda para buscar algunas respuestas. El hombre accedió. Su nombre era Vuelo, o al menos así se sentía cómodo.

Kao tuvo su primera esperanza después de varios días en la incertidumbre: por lo menos estaba seguro de no estar solo. Ahora simplemente había que buscar a los demás, si los había, y responder las dudas que aún daban vueltas en su mente.


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*Para saber más acerca de su origen, sigue la oscura historia de "Los Inmortales", en el Mundo Antiguo, en su página oficial! Visítala!

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22.9.09

Mirox Zero: Los Inmortales (Parte 1)

“Génesis Eterno” (1 de 2)
Historia: Diego Arévalo.

I

Dave Andrews corría a toda velocidad por la autopista, decidido como estaba a terminar con todo de una vez. Vio la curva, y a pesar de que sus sentidos le decían que virara, pisó aun más fuerte el acelerador. Su auto burdeo voló un par de metros, antes de irse en picada contra el fondo del barranco. Dave escuchó la barrera romperse contra la defensa del auto; sintió el vértigo mientras caía. Escuchó como se doblaban los fierros del auto al impactar contra la roca y al mismo tiempo sintió el crujir de sus propios huesos al quebrarse. Gritó, y su grito fue como un anuncio de la explosión que vino inmediatamente después. Pero aun así vivió suficiente para sentir como se quemaba su piel. Ese dolor desapareció gradualmente en unos pocos segundos, en los cuales su vida se apagó rápidamente.

Sin embargo ese no fue el fin. Lo que pasó a continuación de eso fue confuso, veía borroso y se sentía mareado, nublado, tal como el día. Se dio cuenta de que estaba sentado contra la pared de roca al otro lado del asfalto, en la cima del barranco. Junto a la barrera destrozada al borde de la quebrada, una muchedumbre que se había agrupado en esa curva, a las afueras de la ciudad, para ver los restos del mal llamado accidente.

Dave caminó hacia ellos, quienes se apartaron, dándole paso para ver. Allá en el fondo de la caída se veía un grupo de bomberos registrando las latas calcinadas, en busca de algo que indicara qué había sucedido. No encontraron nada, ninguna indicación de algún desperfecto, ni siquiera el cuerpo estaba ahí. Tan solo en ese momento, Dave comprendió que lo que estaba mirando eran los restos de su propio auto. ¿Cómo era posible? ¿Qué estaba sucediéndole? No recordaba mucho, a excepción de la sensación de caer y el realismo del dolor que sintió. Confundido, entre molesto y desconcertado, se retiró del lugar; el mirar ese espectáculo no le ayudaba para nada a aclarar las muchas dudas que ahora tenía.

Caminó sin rumbo fijo por la ciudad, cabizbajo, ensimismado a tal punto que no era capaz de ver que la gente se quedaba observándolo fijo. Como si su sola presencia hiciera sospechar a todos. Pero él seguía caminando. Trataba de encontrar alguna respuesta a su situación, pero la cabeza aún le daba vueltas. Recorrió un buen rato, hasta que tropezó con alguien mirando las noticias en el mostrador de una tienda de electrónica. El tipo lo miró molesto, e inmediatamente se puso blanco, y se alejó apresurado. Dave no entendió, hasta que miró lo que estaban pasando en la televisión: mostraban su propio “accidente”, y hacían especial énfasis en un hombre vestido de negro, cubierto por la capucha de su largo chaquetón. Debido a la sombra, y por mucho que la cámara se acercara a la cara de esa persona, no podía distinguirse bien. Dave sintió un escalofrío al ver su propia imagen cubierta de aquellas ropas que no recordaba haber vestido jamás antes, y prefirió seguir caminando.

Ya convencido de que no recordaba nada, vagó por la ciudad, hasta que se hizo de noche. No sabía donde ir, no sabía si tenía una casa o departamento donde vivía, no recordaba si tenía familiares o alguien que pudiera ayudarlo. Sin una idea clara, se dirigió al parque; quizás ahí podría encontrar algún lugar donde dormir y pasar por indigente. Esperó, dando vueltas, hasta que no quedara nadie paseando, y se echó en un banco a dormir. No pasó mucho rato cuando alguien lo despertó.

II

Eran dos policías, en una ronda nocturna. El parque no era un lugar muy seguro para nadie en las noches, debido a los asaltos.

- Señor, por favor – dijo uno – Debe retirarse del parque, no puede dormir en este lugar.

Dave se puso de pie, y entonces el policía que no había hablado le dijo algo al oído al primero. Éste miró a Dave y asintió. Acto seguido dijo:

- Su identificación, por favor.

- No la tengo – respondió Dave, recién percatándose de que no tenía ningún tipo de identificación. – Debí perderlo en algún lado.

- ¿Cuál es su nombre? – preguntó el segundo policía.

- Dave Andrews – respondió, no muy seguro de que ese fuera de verdad su nombre.

- Tendrá que acompañarnos al cuartel, para que verifiquemos su domicilio.

Dave asintió, y se dejó guiar. Cuando llegaron a la patrulla, estacionada más o menos a una cuadra, uno de los policías notó un ruido como metálico que golpeó la parte de debajo de la puerta, al momento que Dave entraba en el asiento de atrás. El policía lo hizo salir, y lo registró.

- ¡No se mueva! - le gritó, echándose hacia atrás, al tiempo que sacaba su arma de servicio y lo apuntaba. – Nos va a acompañar en calidad de retenido ahora.

- ¿Qué pasa? – preguntó con sus manos en alto – ¿Qué hice?

- Quítese su chaquetón – le ordenó el otro policía – Sáqueselo lentamente, sin hacer ningún movimiento brusco.

Recién ahí, Dave reparó en que bajo ese chaquetón algo nuevo había aparecido, no recordaba que estuviera ahí antes de quedarse dormido en la banca. Sorprendido, siguió las órdenes lentamente, y volvió a poner sus manos tras la nuca. El policía que recibió el chaquetón lo revisó, y encontró algo metálico. Lo sacó a la luz de los focos de la calle y se lo mostró a Dave: era una katana.

Definitivamente Dave no podía estar más asombrado. No podía creer que él hubiera tenido eso en uno de los costados interiores de ese gabán y no haberlo notado en toda ese rato. Claro, ni siquiera había notado que llevaba puesto ese chaquetón la primera vez, por lo que era comprensible que no sintiera la espada tampoco. Fue como esas ocasiones en que uno busca algo muy afanado, y no se da cuenta que lo tiene en la mano; o en el caso de los lentes, que ya los tiene puestos. Eso se explica mucho más si se considera que los hechos recientes tenían a Dave muy confundido.

En fin, se dijo, tendría un lugar donde pasar la noche y podría pensar mas calmadamente en lo que el día le trajo. Sin embargo lo dejaron solo en una habitación fría, donde el calefactor no funcionaba, y las ventanas estaban rotas. Se acurrucó en una esquina para retener un poco el calor, mientras afuera, las amenazantes nubes que había visto en la tarde dejaban caer una lluvia torrencial. En ese instante pensó que había sido un poco iluso al creer que lo dejarían en un lugar agradable durante la noche. Temblando de frío, deseaba no estar allí, y cerró los ojos para tratar de dormir.

El sonido de la lluvia se hacía cada vez mas intenso, cada vez se oía más cerca. “Debe ser por el silencio de aquí”, pensó. De pronto, el frío y la lluvia se hicieron reales. No sólo escuchaba la lluvia y el viento, sino que ahora los sentía. Abrió los ojos, y levantó la mirada. No vio las paredes plomas y frías de la habitación, sino que vio los árboles del parque pobremente iluminados por los focos de la calle. Estaba sentado en el banco donde los policías lo tomaron detenido, miró sus brazos y se dio cuenta de que tenía puesto el gabán de nuevo. Revisó el lado izquierdo para ver si estaba… y sí, ahí estaba la espada.

III

Una vez en pie, se acomodó el chaquetón. Metió las manos en los bolsillos y se puso a caminar. Ahora ya no pensaba en las razones de cómo estaba vivo incluso después de semejante impacto; su imaginación estaba excitada por descubrir que más era capaz de hacer. Trató de repetir esta nueva experiencia, y cerró los ojos deseando estar en otro lado. No pasó nada. Después de mucho rato, pensó que era necesario tener una idea más clara de donde llegar al desaparecer, ya que estando en esa habitación en el cuartel de policía, aún recordaba claramente el lugar donde lo habían detenido. Así que se propuso ir al barranco y lo logró al cabo de un rato.

Una vez dominado eso, se imaginó que quizás podría hacer algo así como cambiar las cosas en oro, pero como es de suponerse, la fantasía pronto se derrumbó. Así mismo, y a pesar de lo infantil de sus deseos, intentó varias cosas, como mover objetos con la mente; un auto por ejemplo, pero su habilidad sólo lograba levantar pequeñas piedras; y eso con mucho esfuerzo. Después, quiso levantar cosas pesadas sin ningún resultado; su fuerza seguía siendo normal. Intentó supervelocidad, visión de rayos x, escupir fuego, lanzar rayos a través de sus ojos; nada funcionó.

Al final, y sin esperanzas, intentó volar. Y para su sorpresa, sí podía. Estaba feliz, a pesar de que no recordara nada con respecto a su vida antes del suicidio, hecho que vagamente recordaba, por lo demás. Se reía de forma infantil, como si hubiera sido un niño cumpliendo su sueño. A estas alturas poco le importaban las razones de su decisión, en el supuesto caso de que él hubiera decidido terminar con su vida. Ahora el mundo parecía sonreírle, y él se dejaba llevar; y volaba, sentía el viento en su cara y eso lo confortaba de forma extraña pero dulce, como si las cosas que le habían sucedido ese día fueran sólo anuncios de fatalidad, y lo único bueno fuera esa habilidad de volar…

De repente, se detuvo en el aire, y pensó “debo tener algún lugar donde ir… quizás si me concentro…”. Cuando abrió los ojos, recibió la última sorpresa de ese día: se encontraba frente a una enorme casa, como una mansión. La casa tenía una gárgola como atrapada, sobre el umbral de la puerta de entrada, su expresión daba la impresión de que era un animal que estaba tratando de huir pero que había sido atrapado en el acto, y convertido en piedra. Dave aún estaba en el aire, cuando vio por primera vez la mansión, de modo que cuando tocó el suelo se fijó en como era este. Parecía que estuviera hecho de ladrillos de metal, más bien una plataforma hecha de metal. “¿Una plataforma?”, se dijo. Notó que la casa flotaba sobre algo, pero no había nada bajo el corto camino que conducía a la entrada; sin embargo cuando se inclinó sobre el borde, que no dejaba ver los lados de la mansión, reparó en el hecho que no había absolutamente nada aparte de la mansión y la plataforma, sólo una estela que parecía rodear el lugar como una pequeña atmósfera.

Un poco desconfiado se volteó para ver que había, y descubrió que estaba fuera de la Tierra, del planeta Tierra. Estaba en algo que parecía orbitar el planeta. Caminó hasta el borde de la plataforma, sin conseguir tocar esa estela protectora que lo rodeaba. La visión era alucinante; no se veía como las típicas fotos de los libros de ciencias tomadas desde la Luna, o los videos grabados a través de las ventanas de un transbordador, esto era real, y por sobre todo, abrumador…


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13.4.09

Mirox Zero: Hyperman

Historia: Rodrigo Roa.

I

El planeta Dardac era un lugar tranquilo, donde la sociedad había alcanzado un nivel en el que la vida cotidiana estaba llena de comodidades. Pero eso fue hace años. Una vez que la civilización de los dardakianos llegó a la plenitud, hubo de conocer la caída.

Ante la repentina escasez de los recursos, una élite del planeta decidió imponer sus términos, justificándose como los únicos que podrían administrarlos en tiempos de crisis. Pero la crisis fue más larga de lo soportable, y la sociedad colapsó. Un gran conflicto armado comenzó, poco tiempo después.

Lo sorpresivo fue cuando una nueva fuerza entró al conflicto. “Los Olvidados”, así los llamaban. Pero ellos no olvidaban. Una raza desterrada y furiosa, fue la consecuencia del desarrollo de Dardac, durante siglos. Ocultos en las selvas y los desiertos, se habían preparado. Así, cuando esta fuerza entró a la guerra, ya no hubo futuro para ninguna sociedad.

En este ambiente nació él, N’Arek, primogénito de la Familia N. Sus padres, previendo el colapso de su mundo, habían preparado algo que pudiese salvarlo de todos los horrores de su época. Juntando cada una de sus posesiones, y haciendo el mayor esfuerzo que una familia dardakiana promedio podía hacer, decidieron lo más sensato en esos días, y dejaron su hogar. Muchos más los siguieron.

La nave salió un día frío, en el atardecer. Dentro de ella, N’Arek y sus padres veían por última vez la tierra que los vio nacer. Su destino les era completamente desconocido. El frío y oscuro espacio los esperaba.

II

N’Arek creció en el espacio. Sus padres siguieron cada nuevo paso que daba, y la pequeña comunidad espacial de dardakianos en la que ahora habitaban observó cómo se convertía en un niño astuto y alegre.

Las naves-hogar de este grupo de autoexiliados navegaban por parajes lejanos a su antiguo planeta. El espacio era un lugar silencioso, pero tranquilo. Al menos hasta esos días.

“Nada dura para siempre”, era una de las primeras frases que el pequeño recordaba. Pero no supo lo que significaba, hasta el día en que unos extraños temblores sacudieron su nuevo hogar. Confiados, los dardakianos no habían preparado sus naves para un ataque, y fueron víctimas de la violencia de un grupo de piratas espaciales. Todas las naves sufrieron daños irreparables.

La Familia N, combatió. Como pudo, el padre de N’Arek se las arregló para resistir, aunque sabía que era cuestión de tiempo. Ambos padres decidieron que el pequeño no debía sufrir el mismo destino de sus hermanos de raza, y lo protegieron, tal como habían hecho años atrás.

Pusieron al niño en la cápsula individual, y abrieron la escotilla. Lágrimas llenaban los ojos de ambos padres, y el pequeño no entendía del todo lo que sucedía. Segundos después de que los piratas pusieran un pie en su nave, la madre presionó el botón que decidiría el destino de la vida de N’Arek.

La cápsula fue expulsada a toda velocidad. Un grito desgarrador acompañó su salida. Una serie de explosiones a la distancia llenaron la visión del pequeño. Ya no había hogar. Y N’Arek viajaba, veloz, al encuentro de un futuro incierto.

III

La esfera azul que veía frente a él le era desconocida, pero le agradaba. Por un momento, sus miedos se disiparon, al ver que ya no sólo había estrellas y oscuridad. Había todo un mundo allí adelante.

Pronto, la cápsula entró en la atmósfera terrestre. La velocidad era impresionante. El chico cerró los ojos, pero aún así veía la luz. Todo era luz. La pequeña nave entró como un rayo de luz al planeta azul. El viajero sintió que su cuerpo cambiaba, y las sensaciones llenaron sus sentidos.

Tan solo unos minutos después, y tras recorrer miles de kilómetros, la cápsula tocó violentamente tierra firme, creando un pequeño cráter. Aturdido por unos minutos, N’Arek tardó en reaccionar. Estaba en un nuevo planeta, y no sabía cómo actuar. ¿Debía salir o esperar allí?

Asustado, abrió la puerta de su pequeña nave, pero con la fuerza que la empujó, la lanzó a varios metros. Sorprendido, notó que algo había cambiado en su cuerpo. Aún así, decidió salir. Estaba temblando, por las sensaciones del viaje, y por el inmenso miedo a lo incierto. Caminó algunos metros, y no oyó nada. Decidió sentarse, y pensar muy bien lo que haría. Quizás esperaba algo, y en el fondo de su alma, sabía que alguien lo encontraría, y que toda su vida cambiaría de color. Sólo rogaba porque fuera no fuera un color más oscuro de los que ya conocía…

A algunos kilómetros de allí, cerca de Sunset, en Eria, un hombre observaba las estrellas, al mismo tiempo que la nave dejaba una brillante estela luminosa en el cielo nocturno. Jarvis Armstrong era un buen hombre, aunque solitario, y también destacaba por su curiosidad. Por eso, no pudo dejar pasar la ocasión de descubrir exactamente qué había caído en la Tierra.

Cuando llegó allí, y poco después de ver la cápsula, encontró a N’Arek, quien lo miró fijamente. El hombre tenía una expresión de estupor. Pero al ver el rostro lleno de miedo del pequeño, Jarvis sonrió. El extraterrestre se tranquilizó. Y aunque sus idiomas eran distintos, desde ese día sus caminos se mezclaron.

IV

Jarvis llevó a N’Arek a su casa, y decidió enseñarle el lenguaje y las costumbres terrestres, para que pudiese contarle su historia. Primero le dio un nombre: Joseph. Luego le dio una familia, ya que lo adoptó y le dio su apellido. Lo tercero que hizo, fue observar las extrañas habilidades que había manifestado el niño. Superfuerza, velocidad muy superior a la humana, descargas de energía a través de sus ojos, e incluso la capacidad de volar. El niño era poderoso, pero no sabía por qué.

Años más tarde, Jarvis descubrió la verdad. Realizando cálculos matemáticos, y con su gran conocimiento de física, descubrió que la velocidad a la que había entrado el pequeño N’Arek a la Tierra, era la velocidad de Hyper Luz, una velocidad exacta, única e irrepetible, que había alterado su cuerpo, dotándolo de grandes habilidades. Y también, años más tarde, N’Arek, ya era un joven, llamado Joseph Armstrong, que sabía desenvolverse en sociedad, y que tenía una vida en la ciudad de Sunset.

Joseph consideraba a Jarvis como un segundo padre, ya que le había enseñado todo lo necesario para vivir. El recuerdo de sus verdaderos padres aún lo acechaba, pero la existencia de Jarvis lo consolaba, porque sabía que no estaba solo.

Así, Joseph Armstrong guardó su secreto por años, y aprendió a vivir en la Tierra, y a manejar sus habilidades, para cuando fuesen necesarias…

V

Jarvis enfermó. El tiempo no perdona a los seres humanos. Joseph ya comprendía lo que era ser un habitante de la Tierra, y le debía eso al ahora anciano, que lo había encontrado aquel día. Pero aún había algo en su vida que no encajaba del todo.

Las habilidades de Joseph eran un secreto para todos, y él había trabajado para que así fuera. Creía que la gente no entendería, y le temería, si llegaran a conocer lo diferente que era a ellos. Hasta era probable que lo rechazaran, por su origen. Mal que mal, la vida extraterrestre era desconocida para el habitante promedio de la Tierra.

Así, el dardakiano usaba sus poderes para ayudar a Jarvis en sus labores, pero para nada más. Sin embargo, las cosas cambian, y Joseph lo sabía.

La enfermedad de Jarvis lo hizo incapaz de hacer muchas cosas que antes hacía. Pero él no se resignaba, e intentaba llevar la misma vida de antes. Fue así que un día, mientras conducía su camioneta, sufrió un desmayo. El vehículo se salió del camino, pero la suerte quiso que Joseph estuviese viendo todo eso desde la distancia. Moviéndose a velocidad superhumana, el joven detuvo la camioneta, y elevándose la levantó. La puso de vuelta en el camino, y sacó la puerta con su fuerza. El joven tomó al anciano, y lo llevó, lo más rápido que pudo, a recibir asistencia médica.

Jarvis sobrevivió, pero algo había cambiado en Joseph. Se había dado cuenta que podía hacer más que lo que había hecho hasta entonces.

Días más tarde, la televisión daba la noticia de la aparición de un tal “Capitán Cometa”. La gente lo vitoreaba y le agradecía. El héroe hacía todo lo que podía para ayudar y proteger. Joseph vio esto, y sabiendo que tenía la capacidad de hacerlo, lo pensó: “¿por qué no hacer lo mismo?”

Semanas después, ya había diseñado la ropa que usaría. Jarvis lo aprobó, porque creía en él, y porque sabía que la gente necesitaba héroes como el Capitán Cometa. Sólo quedaba una cosa por resolver.

- ¿Cómo te harás llamar, hijo? – preguntó Jarvis.

- La Hyper Luz me dio mis habilidades, así que… seré Hyperman.

VI

Hyperman volaba sobre los cielos de Sunset, protegiéndola a diario de diversas amenazas. La gente se sentía más tranquila, y agradecía el apoyo que este nuevo defensor les había dado.

El joven se hizo adulto, y todo el mundo conoció al héroe venido del espacio. Muchos otros se le unieron, y todos juntos usaron sus poderes por el bien de la humanidad, y del planeta que lo había acogido.

Pero nada es para siempre. Y Joseph lo recordó una vez más, el día en que llegó a casa, tras una ardua jornada como Hyperman. El silencio del hogar llamó su atención. Recorrió todos sus rincones buscando a su padre adoptivo. Y finalmente lo encontró. Encontró el cuerpo sin vida del viejo Jarvis, muerto en paz, y con la satisfacción de haberle entregado toda una vida al solitario visitante de otro mundo.

Joseph lloró. Aprendió que a pesar de todo el poder que tenía, existían cosas que no podía cambiar. Pero los recuerdos eran más fuertes, y saber que el cambio de todas las cosas, era un sino de la vida, lo ayudó a seguir adelante.

A pesar de que no olvidaba Dardac, y de que aún extrañaba a sus verdaderos padres, había encontrado una nueva motivación, y no permitiría que su nuevo mundo sufriera lo mismo que él había pasado. No se rendiría mientras pudiese, a pesar de que la vida le trajera una y otra vez, las transformaciones que jamás terminarían.

N’Arek, Joseph Armstrong o Hyperman. Cómo fuera que le llamasen, él amaba la Tierra. Había aprendido a hacerlo gracias a un buen hombre. Y por esos buenos hombres de este planeta, decidió que él sería su defensor, por el resto de sus días.


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16.11.08

Mirox Zero: Vengador Justiciero

Historia: Diego Arévalo.

I

“En Santiago de Chile las cosas últimamente han sido cualquier cosa, menos tranquilas. Recuerdo que la noche en que iba a ser padre caminaba por las calles cercanas a La Moneda. Algunas luminarias, no es de extrañar, estaban en mal estado, lo que te daba cierta sensación de inseguridad, acrecentada por la creciente ola de asaltos que se habían registrado en la ciudad. Bueno, hice lo que cualquier ciudadano cuerdo habría hecho: crucé la calle para quedar bajo la protección de la luz que parpadeaba a ratos en la vereda de en frente.

Luego de cruzar me di cuenta que no tenía mucho sentido, ya que por la ubicación de los pocos postes con sus luces funcionando me obligaban a caminar en zig-zag por toda la avenida Trinidad. No era muy agradable. Así que decidí no complicarme y caminar derecho por la acera en la que estaba.

No pasaron más de veinte segundos luego de haber emprendido mi camino cuando oí disparos, justo detrás de mí a un par de cuadras. Fue entonces cuando tomé una decisión que cambiaría para siempre mi vida, pero de la cual no me he arrepentido lo suficiente hasta ahora”.


II

“Ayudado por la oscuridad de la calle me acerqué lo mas rápido que pude sin hacer ruido hasta el lugar donde me supuse había salido el disparo. Pensé que si había sido un asalto era muy probable de que el ladrón hubiera disparado, tomado las cosas y huido, en cuyo caso habría alguien herido que necesitaba ayuda.

Al llegar al lugar encontré a un hombre de unos treinta y tantos años tirado en el piso sobre un grotesco charco de sangre. Había llegado tarde. Corrí a la esquina más cercana, donde había un teléfono público y llame al 131 para dar el aviso.

Inmediatamente después de colgar, una patrulla dio la vuelta en la esquina: alguien ya había dado aviso a carabineros. Dos carabineros salieron del vehículo, uno se aproximó a la víctima y el otro se me acercó, me hizo un control de identidad y me preguntó que había sucedido. Le conté todo tal cual había pasado, sin embargo debí acompañarlos a la comisaría. Mientras se cerraba la puerta de la patrulla vi que los peritos recogían un arma”.


III

“Una vez en la comisaría, se me pidió que repitiera lo que ya le había contado al carabinero en la avenida Trinidad, pero esta vez frente a una grabadora. Luego de esto llegó una mujer con claras señales de que había estado llorando.

- Señora Andrade - le dijo un carabinero - ese es el hombre que encontró a su esposo y dio aviso a la ambulancia.

Ella se volteó y me miró. Vi como su cara de repente expresó mucha rabia y se abalanzó sobre mí, gritando y arañándome.

- Él fue – gritaba – él fue el guardia que mató a mi esposo.

Hasta entonces no recordaba que aun vestía mi uniforme de guardia de seguridad. De todos modos el edificio donde trabajaba no quedaba muy lejos.

Al día siguiente fui formalizado por el delito de homicidio, aún sin saber muy bien el porqué. Yo sólo había ido a auxiliar a alguien y de pronto me vi envuelto en semejante conspiración. Nunca tuve muy claro el como se llevó a cabo el juicio ni cuales fueron las pruebas, sin embargo fui declarado culpable y condenado a diez años de cárcel”.


IV

“Una vez en prisión, mi esposa, contigo, mi hijo, en sus brazos me relató lo que finalmente había pasado con el juicio.

La señora Andrade salía de un cajero mal iluminado con su esposo. De pronto un hombre en uniforme de guardia los asaltó. El hombre, se rehusó a entregar el dinero por lo que el asaltante lo encañonó y le disparó a quemarropa. La señora Andrade se abalanzó desesperada sobre el tipo haciéndole botar su arma. Él la empuja y sale corriendo huyendo, sin embargo la Señora Andrade lo persigue. El se detiene y la golpea dejándola inconsciente. Luego ella me ve en la comisaría y no duda en señalarme como el autor del asesinato. Sin embargo a pesar de la falta de pruebas en mi contra se me declaró culpable, ya que el arma no tenía huellas digitales y no se encontró el proyectil homicida para realizar las pruebas de balística.

Mi esposa, tu madre, nunca desconfió de mí. Y no tenía porque de todos modos. Así que me esperó. Yo por mi parte decidí hacer pagar a aquellos que fueron los verdaderos culpables de mi encarcelamiento; los asesinos y ladrones de esta ciudad en general. Tuve bastante tiempo para idear una manera efectiva de poner tras las rejas a aquellos que debían estarlo”.


V

“En prisión conocí a un tipo que estaba condenado a cadena perpetua, por parricidio. Mató a toda su familia con sus manos solamente. Él era un experto en artes marciales y de verdad consideraba que lo que había hecho estaba mal. Nunca me quiso contar sus motivos ni tampoco se los pregunté. A pesar de eso era una persona buena. Él me instruyó en las artes marciales y me hizo lo que soy. El vio que no había mancha en mí y al saber lo que tenía pensado hacer, me entrenó.

Fueron 10 largos años, al cabo de los cuales ya me había convertido en lo que todos conocieron en Chile como el Vengador Justiciero. Claro está, nadie sabía mi identidad sino sólo tu madre y aquel hombre en la cárcel.

Hice muchas cosas, algunas buenas, otras quizás no tanto. Pero ahora, en el final de mis días quiero dejarte en claro que tu padre no fue un criminal y un padre ausente. Fui sólo lo que la sociedad necesitaba. Ahora sólo tengo que pedirte perdón.

Adiós, hijo.”

Esta carta fue lo que inspiró a Eduardo Fernández para seguir los pasos de su padre, Enrique, y convertirse en su sucesor: el segundo Vengador Justiciero.


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11.8.08

Mirox Zero: Familia de Fuego (Parte 2)

Historia: Zirijo

VI

     Antes. Casa de Jason Shore Jr.

     Jason Shore Jr. despertó muy temprano ese día, mucho más temprano de lo que acostumbraba. Soñó con este momento toda la noche, y está contento. Todo lo que había planeado se está cumpliendo con exactitud. Ordena sus cosas como si fuera al colegio, pero en vez de cuadernos, empaca sus bombas, entre las que se encuentra la mejor de sus invenciones, la “bomba igualadora”, como le gusta llamarla. Esta contiene la sustancia que le había llegado por correo, todo lo que necesita para hacer de este mundo un lugar “mejor”.

     —Me voy —acostumbra a decir antes de irse, aunque él sabe que no hay nadie en casa. Todas las mañanas era igual: despertar, hacer el desayuno, sacar dinero de las chaquetas de papá, despedirse de una familia que no estaba (solo para sentirse acompañado) y partir al colegio, salvo que en esta ocasión el destino de su salida es diferente. Sale con dirección al centro comercial.

     "Una aquí, otra aquí, y la última por ahí", piensa y planea sobre un mapa hecho sobre una servilleta, mientras viaja en metrotren, "estos son los puntos en que pondré las bombas, todo será tal como lo planeé".
     Al instalar las bombas, las sincroniza para que hagan explosión a las 14 horas, la hora cuando más gente anda por el centro comercial, haciendo compras de última hora, o simplemente buscando un lugar donde comer.
     "Son el lugar y la hora perfectas, nada puede salir mal", pensaba Jason. Todo está saliendo como pretendía.
     Lo que no sabe Jason, era que uno de los hermanos Smith, Justin, había perdido su gorra dentro de un tarro de basura, donde estaba una de las bombas.

     —Mira lo que encontré Julie, hay que avisarle a George —dice Justin a su hermana mayor.

     —Sí, pero está sacando dinero de un cajero automático —le responde Julie, un tanto asustada.

     —¡NO!, dejen mi bomba ahí —se escucha desde lo lejano del pasillo. Jason alcanza a descubrir a los hermanos Smith en uno de sus paseos de guardia. Está muy pendiente de sus bombas y que todo saliera como lo ha planeado, como lo ha “soñado”.

     —Estás loco, como se te ocurre poner en peligro así a la gente —le reprocha Julie Smith al joven que los detenía.

     —No es asunto tuyo. Cuando todo esto termine mucha gente me dará las gracias.

     —Estás enfermo —le reitera Julie.

     —Eso dicen ahora… pero después todos dirán que soy quien los hizo más iguales de lo que nunca fueron.

     En la discusión ya dan las 14 horas, y la bomba está a punto de explotar. Jason, sabiendo las consecuencias, tira la bomba al aire, en el espacio entre los pisos y se agacha. Las explosiones coordinadas se producen, pero al haber sacado la bomba de donde estaba, causan que la estructura del centro comercial se vea dañada, lo que provoca una serie de derrumbes.

     —Estúpidos, por su culpa mi plan no funcionará… Serán testigos de mi “bomba igualadora”, ustedes serán los únicos que sufran las consecuencias… Ya nada vale la pena, el plan se fue por los suelos —dice Jason a los más pequeños de los hermanos Smith, mientras saca la “bomba igualadora” de su mochila. El humo impide que la gente lo vea, por lo que la impunidad está de su lado.

     Se escuchan los gritos de George a lo lejos, a lo que Jason le ordena que se detenga. No escucha y aprieta el botón.
     De lo siguiente de lo que es consciente es de que fue expulsado de la explosión y que un poco de la sustancia le cae encima. Llamas bailan en frente suyo, y unas figuras, tres de ellas, se hacen presentes, todas cubiertas de fuego.

VII

     Mientras. Los hermanos Julie y Justin Smith.

     Los hermanos Smith fueron al centro comercial ese día.

     —No creas que se me olvidó lo que pasó ayer, Justin. Vamos al centro comercial para comprar algunas cosas para la casa —le explica George Smith, el mayor de los hermanos, a su hermano más pequeño, quien había sido castigado porque lo sorprendieron peleando con un compañero. Lo que no sabía la directora era que Justin se puso a defender a un amigo, y no a pelear porque sí.

     Justin, el hermano más pequeño, era muy juguetón, mientras que George y Julie habían tenido que madurar a la fuerza. George se había hecho cargo de la familia entera, al no estar los padres presentes, por lo que tuvo que buscar empleo muy joven. Había descubierto una vocación muy extraña en estos tiempos, por lo que engrosó las filas de la policía de Northcrem, convirtiéndose en un joven detective.

     Ese día, mientras dan unas vueltas por el centro comercial de la ciudad, el mayor de los hermanos se sorprende al ver que no hay dinero en su billetera. Lo había olvidado en el comedor de su casa, por lo que se dirige a sacar dinero de un cajero automático.

     —Ya vuelvo, espérenme aquí, y no hagan travesuras —les advierte el mayor de los Smith a su hermano y hermana—, vuelvo en seguida.

     Justin comienza a jugar con un avión hecho de cartón y un motor, que había construido George para que su hermano se entretuviera. Mientras juega, deja caer accidentalmente su gorra en un basurero cercano, y su hermana lo vigila para que no vaya muy lejos solo. En lugar de sacar su gorra, Justin encuentra otro artefacto en el tarro de basura.

      —¿Qué es esa cosa? Se ve peligrosa —se pregunta el muchacho, sacando una cajita negra desde el basurero—. Tiene unos números rojos…están retrocediendo…

     —¡Es una bomba Justin! —le dice preocupada Julie a su hermano menor.

     Lo siguiente es una explosión y flamas, bolas de fuego por todos lados, incluso en su piel.

VIII

     Control de seguridad del centro comercial de de Northcrem.

     —¿Ves a ese muchacho? Ha estado tirando cosas a los tarros de basura por un rato, voy a ver qué sucede —le comenta un guardia de seguridad a su compañero de turno—. Estos vándalos de hoy, no saben que lo que hacen puede traer consecuencias.

     —Ok, Tom, ten cuidado.

     Apenas el guardia de seguridad, Tom Kitajima, llegó al primer piso, comenzaron las explosiones.

     —Alerta, hay que evacuar a las personas, cambio… ¿me escuchas Daniel? —lo que no sabe Tom es que Daniel, su compañero, fue atrapado por la explosión, ya que una bomba fue puesta en la puerta de la caseta de guardias, para que no salieran—. Daniel, cambio. Responde Daniel, maldita sea. Tendré que ir solo —Tom se dispone a seguir, pero en ese momento escucha la siguiente explosión, y ve que en un pasillo del centro comercial había una gran flama, y frente a ella un muchacho. Tom corre a ver qué sucede, y toma del brazo al muchacho, el cual tenía una extraña sustancia en su cuerpo, de color verde. Éste lo suelta.

     —Yo no quería que sucediera esto, esto no estaba en el plan…en el sueño… ¡nada de esto!

     —Tranquilo, muchacho. Esto no es tu culpa, hay que esperar a los bomberos para que te quiten eso que tienes —le dijo el guardia de seguridad al muchacho, sin saber lo que realmente pasaba.

     Mientras tanto, el caos se apodera de la gente que concurría al centro comercial a esas horas. De las llamas aparecen tres figuras rodeadas de fuego. De sus brazos, piernas, de todo su cuerpo salían flamas.

      —¿Qué es eso? ¿Dónde estamos? —se pregunta George Smith, quien está en una extraña situación. Después de haber sobrevivido a la explosión del centro comercial, lo que recuerda es que empujó a un muchacho para que no se viera envuelto en la explosión de una bomba. Ahora está con sus dos hermanos, cubiertos por flamas que salen de sus propios cuerpos. El asombro se apodera de él y por un momento se encuentra asustado.

     —¿Julie? Justin? ¿Donde están? —se pregunta el joven detective. Dos figuras iluminadas entre las columnas de humo le responden. George se dirige hacia sus hermanos y les pregunta si en verdad son ellos. Le contestan que si, y los ve en la misma situación. No saben qué hacer. Están ocultos de la multitud, ya que si aparecen así solo podrían empeorar las cosas. Se miran unos instantes, atónitos frente a tal situación. Por un momento el miedo corroe sus pensamientos, pero al verse juntos, ese miedo desaparece. En estos momentos, lo que llaman “apoyo familiar” se hace presente.

     Tom, el guardia de seguridad, ve las figuras brillantes cerca de él y se dirige a ellas. Saca su pistola de electroshock sólo por seguridad y avanza por el destruido centro comercial.

     —¿Quiénes son ustedes? —le pregunta el guardia a las flamas vivientes.

     —Somos la familia Smith, no se alarme. No queremos dañar a nadie, solo que algo sucedió —le responde George al guardia, quien en ese momento los ve directamente, y queda maravillado ante lo que ven sus ojos, ¡personas a las que les sale fuego del cuerpo! Ni en sus sueños más extraños había visto tal visión. Guarda su arma, y con un tono de asombro y extrañeza sigue con las preguntas.

     —¿Y… cómo?, ¿qué les pasó?

     —No lo sé, una explosión, un líquido que ardía y luego el fuego —sigue hablando el mayor de los hermanos—. Pero lo más importante no somos nosotros, sino que solucionar la situación —prosigue.

     —Tienes razón, pero la gente no sabe qué hacer, están todos desorientados. Necesitamos que alguien los guíe a las salidas de emergencia.

     Entonces el llamado del deber que hizo de George Smith el detective más prometedor de la policía de Northcrem lo hizo entrar en razón.

     —Nosotros podemos guiar a la gente entre el humo y los escombros, ahora somos luz. Lo que te movió a venir con nosotros, a ellos también los llamará.

     —De acuerdo, yo intentaré activar los altoparlantes para indicar a la gente que los sigan —dice Tom—. Hay una cabina de emergencia en el primer piso.

     —Yo te acompañaré ahí —se ofrece Justin Smith, siguiendo el ejemplo de su hermano—.  Tú me dices hacia donde y yo iluminaré el lugar.

     —Bien —exclaman George y Tom. Ambos saben que el trabajo en equipo solucionará la situación.

     —Estimados ciudadanos, que no cunda el pánico, estamos trabajando para que la evacuación sea lo más rápida posible —se oye al rato, desde los altoparlantes: era Tom, quien estaba dando instrucciones a las personas que quedaban en el centro comercial—.
Por favor, no se asusten, tenemos personas especializadas trabajando con nosotros. Por favor, sigan las figuras iluminadas para llegar a las salidas.

     —Esa es nuestra entrada, Julie —le dice George Smith a su hermana menor.

     Comienzan a aparecer siluetas rojas entre el humo, indicando el camino de salida. Lo que descubren entonces los hermanos Julie y George Smith era que el fuego que sale desde su cuerpo le da mayor energía a sus músculos, y hace que sus cuerpos sean más livianos, lo que permite que corran tan rápido que sólo se ven largas colas de fuego, las que guían a las personas a la salida principal.

     — ¿Están todos a salvo? —pregunta Julie Smith a su hermano Justin, con quien se junta en la cabina de emergencia de la que hablaba Tom.

     —No lo creo hermanita, hay personas atrapadas en el segundo piso. Hay que ir por ellas.

     Ambos suben por las escaleras de emergencia hacia el segundo piso, pero ven que están bloqueadas por vigas de acero que impiden el paso. Justin escucha los gritos de las personas que se encuentran aglomeradas al otro lado de la escalera.

     —No sé cómo podemos sacar estas vigas del camino —le comenta Julie a su hermano menor, mientras que éste está tratando de empujarlas o tirarlas. Lo que descubren es sorprendente: donde se apoyó Justin se había derretido el acero, lo que les da a los hermanos una idea. Comienzan a empujar la viga y mientras más esfuerzo utilizan, más fuego, o energía, se concentra en sus brazos y manos, lo que produce que el acero se derrita por completo y permite que la gente pueda bajar sin mayor problema.
La gente veía con asombro a estas personas de fuego, pero el agradecimiento fue más grande, y solo se detuvieron a darles las gracias.

     —Bien hecho chicos —los felicita George—. Ahora que no queda nadie, hay que salir de aquí.

     —¿Y el muchacho de las bombas? —pregunta Julie a Tom.

     —Debe haberse confundido con la multitud y haber escapado por la puerta principal —responde Tom.

     De pronto, mientras se dirigen a la salida, los pilares que sostienen los escombros del techo ceden, precipitando pedazos de concreto, vidrio y acero a las cabezas de los hermanos Smith y del guardia de seguridad del centro comercial. Sorprendido por el derrumbe, George Smith, solo piensa en detener la mayor cantidad de escombros posible, y salta al encuentro de los escombros. De lo que no logra darse cuenta, es que con el grado de concentración y el salto, logró detener en el aire los pedazos más grandes del techo, y empujarlos hacia un lugar vacío, mientras que Julie pone sus manos y recuerda el esfuerzo hecho para derretir la viga de acero, con lo que expulsa una bola de fuego que derrite y empuja los escombros más pequeños lejos de sus cabezas. Se miran sorprendidos de sus habilidades y se disponen a salir del edificio.

     —¿Qué nos pasó? —pregunta Julie a George.

     —No lo sé, hermana —responde—. Pero creo que esto puede ser bueno… Quizás podamos hacer una diferencia, juntos.

     —Si, George. Juntos.

     Tras el agradecimiento de las personas, los tres hermanos se elevan, y vuelven a casa, dispuestos a entender todo lo que pasó, y con la convicción de sacar lo mejor de ello.

     Así nace una leyenda, la familia más poderosa y unida de todo el mundo, recordados por todos como La Familia de Fuego.


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