12.12.09

Mirox Zero: Los Inmortales (Parte 2)

“Génesis Eterno” (Parte 2 de 2)
Historia: Diego Arévalo.

IV

Dave Andrews se hincó para tocar la plataforma sobre la que se sostenía la casa para cerciorarse de que de verdad era metal aquello tan brillante. Luego decidió entrar a la casa, y en la puerta pensó en que no tenía la llave, si es que esta casa necesitaba una. Sin embargo, igual de repentino que ese pensamiento fue la confirmación: tan sólo con tocar la puerta ésta se abrió, dejando ver un corto pasillo que daba a una sala de estar muy cómoda con una sola ventana a la izquierda, a través de la cual sólo se veía la negrura del espacio y unas estrellas. Después de la sala el pasillo daba a una escalera al segundo piso ocupado completamente por 5 habitaciones. Bajo la escalera había una pequeña puerta que daba a una especie de laboratorio un poco espeluznante.

Luego de inspeccionar la casa, Dave eligió una habitación, y por fin, después de tanto ajetreo, pudo dormir.

V

Al día siguiente, al abrir los ojos, se encontró en esa habitación sin ventanas en ese lugar que le era tan ajeno aun y recordó: “es cierto, todo eso pasó de verdad”. Bajó a la sala de estar en el primer piso, y se sentó a pensar acompañado de un cigarrillo y un trago que encontró en un bar muy bien provisto a un costado de la sala. Ya había probado que más podía hacer, pero no había intentado saber qué había sido de su vida antes de estrellar su auto. Entonces se decidió a tratar de volver a la Tierra y buscar algo de su pasado. Recordó cómo lo hizo para llegar hasta esta mansión, y lo único que logró fue recordar una sensación, pero eso fue suficiente.

Apareció en el parque de Unife, en el mismo lugar en que se encontraba la noche anterior, en el preciso momento en que desaparecía para llegar a la mansión. Se dio la vuelta y vio que estaba parado frente a una cueva. Era inevitable sentir la curiosidad de adentrarse y echar una mirada, por muy infantil que fuera esa sensación, pero que era más fuerte que sólo un capricho. Luego de un par de segundos, ese sentimiento se transformó en voz, no una que se oyera dentro de la mente de Dave, sino más bien una voz melodiosa de mujer que lo llamaba desde dentro de la cueva, casi lo hipnotizaba. Finalmente decidió entrar.

Era una caverna corta, de paredes oscuras, donde entre algunas rocas se podía ver tierra y las raíces de los árboles. Se escuchaba agua gotear, pero no había ningún hilo de agua que se dirigiera a la salida, pero la humedad y el frío eran muy reales. No se podía ver mucho dentro de ella, ya que la tenue luz proveniente de la entrada se apagaba rápidamente al avanzar unos dos metros. A este punto Dave avanzaba con cautela y con una mano extendida adelante y la otra apoyándose en la húmeda y fría pared de roca. De pronto sintió algo mucho mas frío delante, algo que caía y resbalaba suave y veloz por su mano hacia el suelo. Buscó el encendedor que había guardado en su bolsillo, subió el regulador al máximo y lo encendió. Lo que vio lo dejó sin aliento: delante de él caía una verdadera cascada, silenciosa pero muy, muy delgada casi como una hoja pero que estaba ahí y se movía vertiginosa hacia el suelo, donde casi no salpicaba y desaparecía inmediatamente. Con su mano atravesó el agua, y la movió de lado a lado; era seguro. Contó hasta tres en su mente, y saltó hacia delante.

Dave esperaba encontrar una extensión de la caverna, un lugar oscuro, frío y húmedo por donde el agua escurría hacia los interiores de la tierra, sin embargo nada de eso apareció ante sus ojos. En vez de paredes negras y húmedas encontró un lugar muy iluminado, las paredes de roca dieron paso a unas lisas paredes hechas de algo que parecía luz pura, cálida y amigable. De las paredes los colores alternaban con símbolos extraños iluminando en distintas tonalidades el cuero negro de la chaqueta de Dave.

- Dime tu nombre, extraño – se escuchó decir a una voz melodiosa y profunda, femenina y bella.

- Dave Andrews – repitió él, inseguro como se lo había dicho a los policías en el parque.

- Dime TU nombre, extraño – repitió comandante la voz, enfatizando el “tu” – no quiero el nombre que tus padres te dieron, quiero TU verdadero nombre.

- Mmm… Kao – respondió él al cabo de un rato, recordando ese nombre como si hubiera sido algún apodo de universidad o algún seudónimo.

- Muy bien, Kao. ¿Qué quieres de mi?

- La verdad esperaba ser yo el que preguntara el por qué estoy aquí…

- Esa respuesta no existe Kao. Tu viniste a mi porque así lo deseaste.

- Entonces, ¿qué es este lugar?

- Este es un refugio de conocimiento, un oasis para que aquellos que no pueden morir encuentren reposo y recuerdos.

- ¿Qué es eso de “los que no pueden morir"? ¿Que tiene eso que ver conmigo?

- ¿No lo sabes aún Kao? Veo que no estás preparado entonces. No puedo decirte nada más, el resto lo deberás buscar por ti mismo y hallar las respuestas necesarias para volver aquí.

Dicho esto, la voz se esfumó paulatina pero rápidamente junto con las paredes, los colores y la calidez, dejando a Dave en un agujero húmedo, cubierto por una delgada capa de agua que caía sin cesar.

VI

Salió de la cueva con una duda más, en vez de las respuestas que en la mañana se había propuesto encontrar. Aún no sabía nada de su vida, familiares o estudios, profesión si es que tenía... o la había tenido. Una idea daba vueltas insistente en su cabeza: “los que no pueden morir” ¿Qué habrá sido eso? ¿A que se refería la voz?

Caminó por las calles, de la cuidad buscando alguna oficina del registro civil donde pudiera pedir información acerca del nombre que recordaba: Dave Andrews. Cuando hubo encontrado una, debió abandonarla rápidamente ya que en el mural estaba una foto suya pegada señalándolo como sospechoso de provocar un accidente donde habría fallecido Dave Andrews. Desesperado, se escondía entre callejones esperando pasar desapercibido, la lluvia comenzó a caer sobre Unife, haciendo que Dave – o Kao como se sentía identificado desde hace rato para sentirse menos fugitivo – experimentara la más cruel de las desolaciones. Sentía como si las lágrimas hicieran un nudo en su garganta de la sola desesperación y desamparo. Nada de lo que veía o se decía a si mismo parecía real, y corría.

Entró en otro callejón esperando no ser visto por nadie, no quería ser visto en tan vergonzosa situación a pesar de que nadie supiera quién era él en realidad. De pronto un sonido, un grito en realidad, lo sacó un tanto de sus pensamientos desesperados. Se acercó hasta donde doblaba el callejón y lo que vio terminó por sacarlo de su pesada tortura mental; un hombre arrastraba a una mujer hacia la oscuridad de la parte estrecha del callejón. Ahí lo esperaba otro tipo, riendo maliciosamente.

- ¡Mira los que me traes! - dijo risueño.

- La cacé ahí a la salida, por donde pasan todos.

El tipo que llevaba a la mujer le tapó la boca con su mano, mientras que el otro tironeó de la chaqueta de la misma hasta quitársela, tironeó la polera que vestía la pobre muchacha dejando ver su ropa interior. Con el mismo jirón le hizo una mordaza y le amarró las manos, mientras que el primer tipo rasgaba el vestido de su victima; la había traído para saciar sus bajos e inmundos instintos.

Kao miraba la cruenta escena colérico, y sin darse cuenta muy bien de lo que hacía se acercó sigilosamente apegado a las murallas. Algo golpeó contra el concreto; era la katana que le hubieran descubierto la noche anterior aquellos policías. El sonido alertó al primer tipo, que con el cinturón desabrochado se acercó a mirar. Kao no lo pensó dos veces y desenfundó la espada. Al ver al hombre, inmediatamente se le abalanzó, dando un corte desde arriba, mutilándolo: le cortó el brazo. El otro hombre dejó a la mujer en el suelo y sacó una pistola para ir a ver que era lo que pasaba, el manco lo vio venir y huyó despavorido presa del miedo y la confusión que le causó su herida. El tipo del arma miró a Dave, y se asustó al ver la espada ensangrentada, temió que le fuera a hacer lo mismo y sin mirar bien levantó el arma y disparó a quemarropa, al tiempo que emprendía una loca carrera por su vida.

El tiro dio de lleno en el pecho de Kao, a pesar de que movió instintivamente la katana tratando de desviar la bala. Cayó al suelo malherido y sangrando, sintiendo el calor abrasante de la bala y el olor a pólvora al tiempo que notaba lo difícil que le era respirar. Giró su cabeza para ver donde se encontraba la muchacha y vio que ella se cubría con su chaqueta y se le acercaba, aún llorando. Su vista se nublaba cuando ella se le inclinó a su lado, temblorosa. Le dijo algo que Dave no pudo entender y corrió hacia la calle, posiblemente en busca de ayuda, pero ya era tarde. Kao dejó de sentir ese ardor y dolor en el pecho y sus ojos vieron sólo oscuridad.

VII

Dave despertó con la lluvia, haciendo memoria recordó el incidente y pensó que debía estar en un hospital y no en… ¡El tejado de un edificio! ¿Qué estaba haciendo ahí? ¿Cómo había subido hasta ahí? La mujer…

Se puso de pie lentamente examinando el lugar donde la bala había penetrado, pero no encontró ninguna herida, apenas un rasgón en el polerón verde oscuro que llevaba puesto. Se inclinó sobre el borde de la azotea y miró hacia abajo. Vio el lugar lleno de policías, algunos cubiertos por paraguas y un par inclinados sobre un brazo mutilado. Y entonces Dave recordó todo de golpe, se recostó súbitamente en la parte interna de la cornisa, escondiéndose de los policías. Su corazón latía fuerte y muy rápido, recordó las emociones que había experimentado momentos antes de perder el conocimiento, la sensación de atravesar la carne del maleante, la adrenalina fluyendo por sus venas y por sobre todo el impacto de la bala en su tórax. Recordó la respiración difícil y sus ojos nublándose… recordó esa sensación, que debería parecerse mucho a sentir la vida escapar de su cuerpo.

¿Sería posible? ¿De verdad había muerto? Si así fuera… ¿Por qué estaba ahí de nuevo? Recordó esas mismas preguntas que habían aparecido luego del incidente con el auto… Era imposible, eso no debe pasar. Cosas como esa de hecho NO PASAN, se trató de convencer. “Los que no pueden morir”, recordó, sin querer creer nada de eso. Necesitaba una prueba, buscó la espada, la tomó en sus manos y apoyó la punta en su pecho, en dirección al corazón. Cerró los ojos, pero no tuvo el valor de empujar la hoja; la bajó hasta su muñeca, pensando, “esto debe doler menos”, y se cortó.

Pensó que era una manera muy absurda de suicidarse, pero era efectiva. Ahí arriba nadie lo ayudaría, y si estaba equivocado tendría tiempo de pedir perdón a Dios por ser tan estúpido. No estaba mirando la herida, por lo que le pareció raro no sentir nada en su brazo. Puso atención y notó que su brazo estaba sanando… ¡Sanaba de verdad! Su muñeca dejó desangrar lentamente, y la herida se empezó a cerrar poco a poco hasta que ya no quedó vestigio del corte, más que la sangre siendo lavada por la lluvia que aún caía.

Entonces era cierto. No podía morir. O al menos las heridas no parecían ser un problema. La confusión y los nervios se apoderaron de él, se sentía intocable y se reía satisfecho, como si se estuviera volviendo loco. Su risa enferma terminó de golpe cuando escuchó que policías subían apresuradamente por la escalera de incendios. La salida más rápida era también una prueba de su poder: arrojarse por el borde hacia la calle y escapar. Eso fue lo primero que se le vino a su confusa mente, y más que una idea descabellada, surgió como un recuerdo. De niño había soñado que caía, ese típico sueño en que uno cae y despierta con el corazón agitado. Pero Dave muchas otras veces no caía, por el contrario, alzaba el vuelo mucho antes de tocar el suelo – un sueño bastante común según parece -. De modo que no dudó en lanzarse al vacío antes de que alguien lo viera ahí, por otro lado, ya había probado que podía volar, el día anterior.

Cuando iba cayendo se esforzó en recordar aquella sensación tan real que le otorgaran los sueños de antaño – de tiempos que no recordaba, de hecho – y voló libremente, huyendo de lo bizarro que había sucedido recién. Voló sintiéndose intocable, invencible. Si no podía morir no habría nada que no pudiera hacer, ni aunque se tardara un millón de años literalmente. Volaba cada vez más rápido hasta que las gotas de lluvia golpeando en su cara le empezaron a lastimar. Y ese mismo dolor le trajo una nueva preocupación: dolor, por muy inmortal que fuera, el dolor físico estaba ahí, palpitante y real como cuando estrelló su auto, o como esa bala que le perforó el pecho. Dolor, como el de no saber de dónde venía o quien era realmente, un dolor eterno que nacía de sus dudas. Dolor de sentirse solo, completamente solo.

No era buena idea quedarse ahí en medio del cielo, con lluvia y el corazón apretado de tribulaciones, un panorama muy depresivo sin duda. Sería mejor volver a la casa, secarse y tratar de descansar; hoy, tal como ayer, había sido un día pesado.

Tomó un trago y se fue a dormir, y tal cual el día anterior, se fue a la cama con el deseo de que todo fuera un sueño, solo que esta vez la esperanza era mucho menor.

VIII

Los días que siguieron fueron una constante rutina. Acomodaba la casa a su gusto y dormía, no sentía hambre, no tenía ganas de nada y todo le parecía vacuo. Cuando se estresaba demasiado, salía y volaba sobre los mares, recorría las playas cercanas a Unife, y se detenía a pensar en lo terrible que era no saber nada de nada.

Durante esos días, no volvió a la caverna, pasaba las horas pensando en lo mismo y se atormentaba. Hasta que un día, al bajar a Unife, sintió algo extraño, como un aroma en el aire, algo que lo incentivaba a buscar. Más que un aroma era como un llamado, mucho más leve que aquel que lo llevara a entrar en la cueva, pero era similar, familiar e inspiraba confianza. Siguió, o más bien buscó la procedencia de esa sensación, y llegó a un aeródromo. Allí vio a un tipo flaco, rubio y de apariencia madura, como de unos cuarenta bien conservados años. Reparó en su propia edad, con suerte él mismo aparentaba unos veintidós años.

- ¿Lo conozco joven? – preguntó aquel hombre.

- No que yo sepa – respondió Kao.

- Entonces, ¿Qué quiere conmigo?

- No sé, yo sólo busco algo que al parecer está por aquí…

- ¿Qué es esa espada? – preguntó el tipo, luego de ver la punta de la funda que sobresalía bajo el chaquetón.

- Ah, esto. Es parte de lo que ando buscando, al parecer. Créame que no tengo nada claro en mi mente.

- Ya veo. Creo que somos dos entonces – dicho eso, mostró una espada que escondía colgada en su cinturón, ocultándola de la vista frontal. – ¿Se te hace conocida ésta?

- No – respondió temeroso Kao – y no sé si su tono es una amenaza o qué…

- Jajaja, chico, no temas. Simplemente creí que tenías alguna respuesta para mí. Hace unos días que todo es muy confuso…

- Sé cómo se siente… yo de hecho estoy en la misma búsqueda de respuestas.

Kao y el hombre guardaron silencio. Había cierta complicidad en ambos, y cierta empatía también. En ese silencio, Kao se dio cuenta que aquella sensación como aroma no era más que un lazo que lo unía a él – un inmortal, como prefirió llamarse por ahorrar saliva, y no decir “que no puede morir” – a este otro hombre que seguramente era inmortal también. Dave le ofreció un lugar en la casa por si aceptaba quedarse, y junto con ello, también, la ayuda para buscar algunas respuestas. El hombre accedió. Su nombre era Vuelo, o al menos así se sentía cómodo.

Kao tuvo su primera esperanza después de varios días en la incertidumbre: por lo menos estaba seguro de no estar solo. Ahora simplemente había que buscar a los demás, si los había, y responder las dudas que aún daban vueltas en su mente.


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*Para saber más acerca de su origen, sigue la oscura historia de "Los Inmortales", en el Mundo Antiguo, en su página oficial! Visítala!

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