16.9.09

Zudo #7

“El error”
Historia: Zirijo.

I

Mi corazón palpita a una velocidad increíble. Y miro como la sangre chorrea por el piso, miro como la sangre de Sight y la de Elena se mezcla con un charco de agua. Mis manos están manchadas, y creo que mi alma también.

- No… qué… ¿Qué he hecho? – me pregunto en voz alta. No sé porqué lo hago. Debe ser porque el control ya no existe, sólo dolor y vergüenza.

- Zudo… Elena está viva – me dice Hefestos, mientras verifica los signos vitales de nuestra compañera de misión.

No digo nada, mi cara se llena de una sonrisa enferma, que me hace sentir menos dolor, pero más vergüenza.

- No podemos llevarla a un hospital, harían demasiadas preguntas… - continúa hablando Hefestos, mientras levanta a Elena del piso y la toma entre sus brazos.

Miro en todas direcciones, perdido. Trato de encontrar sentido a todo lo que está pasando, pero no puedo… mi mano derecha no para de temblar.

- …Vamos Zudo, no podemos quedarnos aquí, debemos irnos… – alcanzo a escuchar a Hefestos decir.

- No… no puedo… - digo, y me siento.

- ¿Qué? … vamos, no seas estúpido, debemos parar la hemorragia, o Elena realmente morirá.

- No… no puedo.

En ese instante salgo corriendo en ninguna dirección concreta, sólo corro. No puedo quedarme ahí y seguir viendo el espectáculo de sangre, dolor y lágrimas que yo mismo ayudé a crear. Debo salir de aquí, pero no con ellos, no conmigo…. no sé que podría hacerles a ellos.

- ¡¡Zudo… Zudo… vuelve!! – se escucha a lo lejos. Las nubes se están separando y dejando pasar los rayos del sol. Ese sol que dejará al descubierto mi pecado, mi error. El resultado de mi ira, el resultado de mi venganza.

Corro a más no poder. Corro. Ya no sé donde estoy, ni que hora es… sólo el sol que quema las nubes y las deja de un color rojo, como la sangre. Rojo como mis manos, rojo como la maldita espada que está en mi brazo izquierdo. Rojo.

Sigo corriendo, no puedo parar, mis piernas no contestan al dolor, sólo a la vergüenza, y sigo corriendo. Corro hasta que mis ojos no ven nada, corro hasta que el cielo se vuelve tan oscuro como el pecado perpetrado. Corro hasta que el cansancio llega a mi mente e impide cualquier movimiento. Caigo de rodillas en medio de la nada, mientras el cielo se esclarece y toma un tinte celeste.

- No puedo… - susurro, mientras dejo salir mi último aliento de conciencia.

II

En un oscuro salón de “Red House”.

- El trueno no ha llegado a mis manos todavía, Barón – se escucha del otro lado de la línea telefónica.

- Lo sé, Conde Brown, pero mis mensajeros salieron desde Salt Lake City hace unos días, y van por tierra. Hay que darles un poco más de tiempo, eso es todo… - responde el Barón de la Casa Roja.

- Sé que salieron hace unos días, también tengo mis informantes. Lo que pasa es que ya deberían estar aquí. Se les vio en Colorado la última vez, en una persecución policial, donde uno de mis oficiales infiltrados salió herido. Necesitamos ese Trueno ahora, Barón. Esto no es un juego.

- Por supuesto que no es un juego, Conde, todos lo sabemos. Por eso mismo, su siguiente misión es ver a Violet Princess… tengo planes muy especiales para estos chicos.

- Tienen al herrero con ellos, Barón. El herrero debería estar construyendo ya las “Sandalias de Hermes”. Pero no, está perdido con tus mensajeros.

- Las “Sandalias” es un proyecto casi terminado. Además, no son para nosotros, hay que dárselas a los Calaveras. Ellos son los verdaderos interesados.

-No hay necesidad de excusas, Barón… Tus mensajeros deben están aquí lo antes posible. Están en territorio del Duque Verde. No podemos arriesgarnos a que se pierdan al igual que ese traidor.

- Muy bien. Tomaré cartas en el asunto, Conde Brown. Ahora, si me permite, tengo una reunión en cinco minutos… seguiremos en contacto.

III

- Despierta, chico – escucho, mientras recupero el conocimiento.

- ¿Qué?... ¿Dónde estoy? – pregunto al campesino que me despierta. Veo a mí alrededor, y una desoladora niebla tapa todo, impidiendo ver más allá de un metro de distancia.

- Estás en mi propiedad, así es que identifícate o prepárate para recibir plomo en tu trasero.

- Mi nombre es Zudo, señor… Zudo Price – contesto. Mi escudo no está y mi última adquisición, la espada, tampoco está a la vista.

- Bien muchachito, quiero saber porqué estás tirado en medio de mis tierras con sangre en tus manos – pregunta el anciano, con su rifle apuntándome directamente al pecho.

- Yo… este… un error, señor – contesto, mirando al suelo.

- ¿Un error, ah? – responde, mientras baja el arma y se ajusta su gorra verde. - ¿Y qué clase de error te hace aparecer en un lugar desconocido?

- Uno muy grande, señor.

El anciano respira, ajusta nuevamente su gorra, y continúa hablando.

- Ven, muchacho. Vamos para que te laves eso, y podamos conversar un poco más sobre ese “error” del que estás escapando.

El campesino me da una mano, y logro levantarme del suelo. Caminamos en dirección desconocida, hasta que la niebla permite ver su casa.

IV

Es un casa muy vieja, pero en buen estado. Paso al baño, y limpio mis manos de la sangre de Sight, mientras revivo cada segundo de lo que pasó en las afueras del hotel. Salgo nuevamente, y el campesino tiene la mesa servida. Un desayuno de los que casi no recuerdo, con fruta, cereal, leche, pan, huevo y un sin fin de manjares que no había probado desde que estuvimos en la casa de James.

- Disculpe, señor… ¿cuál es su nombre? – pregunto, para dar las gracias.

El anciano sonríe y pregunta.

- ¿De qué está escapando, chico?

- Mmm… sucedió algo que escapó de mi control… lastimé a alguien, tratando de salvar a una amiga – respondo mirando la mesa.

- ¿Y eso que tiene que ver con tu error? – pregunta el campesino, extrañado.

- Que… yo no quería lastimar a nadie… sólo quería que las cosas resultaran bien.

- ¿Y crees que huyendo vas a solucionar las cosas? – me pregunta el viejo campesino, sacándose su gorra y dejándola sobre la mesa - ¿Crees que escapando de tus problemas vas a hacer que tu amiga esté mejor?

- No lo sé, señor – contesto, mientras las lágrimas se aglutinan en mis ojos.

- No, muchacho. En mis tiempos, cuando defendí a mi país de su propia tiranía, todos nosotros debíamos seguir adelante y golpear a la cara a aquellos que querían acabar con nuestra felicidad. ¿Crees que teníamos tiempo para llorar nuestros errores? No, muchacho. Podíamos hacerlo, pero tenía que ser en el campo de batalla, protegiendo lo que nosotros pensábamos era lo correcto… ¿Crees que no cometí errores como los tuyos? – continua luego de una pausa – Claro que los cometí, y muchas veces. Pero los volvería a cometer si eso significara mantener a salvo a mis compañeros de batalla.

- ¿Pero cómo puedo estar tranquilo si sé que lo que hice está mal? – pregunto desesperado.

- No puedes ir por la vida huyendo, Zudo Price. Debes enfrentar lo que has hecho y seguir adelante, seguir por un bien superior. Aunque eso signifique tener que dañar a mucha gente, tener que cometer “errores” nuevamente. Pelea por lo que tú encuentres que es justo.

- ¿Y mi conciencia?... ¿Cómo puedo dormir por las noches, pensando que viviré cometiendo error tras error, aunque sea por una causa noble?

- Siempre va a existir alguien que esté mal Zudo. En algún momento te va a tocar a ti… como me sucedió a mí… pero hasta ese momento, debes enfrentar todas tus acciones chico, no puedes darles la espalda y correr.

Respiro hondamente, y trato de procesar cada palabra que me dice el amable campesino. Mis manos están limpias de nuevo, y ya no siento ese vacío que invadía mi ser. Me siento ligero. Quiero ver a Elena. La dejé sola y mal herida con Hefestos, por no poder encarar lo que hice, por no tener las agallas de mirar de frente mi error y aprender algo de eso. Por un instante siento la potencia necesaria para generar la espada oscura que atravesó el cuello de Sight, pero no para crear un río de sangre inocente, sino de quienes quieren hacer de este mundo una mentira.

- Ahora vete, Zudo. Veo en tus ojos algo nuevo, algo diferente.

- Y usted, señor, ¿se quedará acá? – le pregunto.

- Si, muchacho. Es mi casa, y por si no te haz dado cuenta, ya ha despejado la niebla.
Miro por la ventana, y veo el paraíso. Árboles, arbustos y extensas áreas de un verde intenso. La niebla mojó un poco el pasto… se ve todo claro y despejado ahora… ¿No es así, Zudo?

- Si… así es, señor.

V

El granjero de sombrero verde me dio todas las instrucciones para llegar al motel donde fuimos atacados por Sight. No sé cuanto tiempo pasó desde que los dejé. Recuerdo pasar un día entero corriendo, y no sé cuanto más inconsciente, tirado en la propiedad de…

¿Cómo se llamaba el granjero?... nunca supe su nombre. Pero no importa, lo que importa es que me dio la confianza que necesitaba para volver a mirar directamente los ojos de Elena, y no sentir vergüenza por lo que hice. Son errores que pueden suceder, si es que estás firme con una causa. El granjero me prestó su motocicleta y su chaqueta, unas muy antiguas, que le ayudaron a recorrer el país en su cruzada personal. No sé a que hizo referencia con la guerra, pero lo que si sé, es que somos soldados en esta tarea. Ya no más un niño asustado, ya no más un niño perdido. Soy un hombre, en una misión de vida o muerte. Debo entregar el maldito Trueno de Zeus en Chicago, y luego podré dedicarme a encontrar a mi padre, pase lo que pase.

Cuando llego al motel, veo que está todo en orden. Lo que me parece extraño, después de que Hefestos comenzara a disparar los truenos, y que por eso explotaran un par de vehículos. No se ve secuela de ningún tipo de enfrentamiento ni de explosiones.

- Disculpe – interrumpo a la recepcionista que revisaba unos papeles – ¿Qué sucedió con las personas que alquilaban el cuarto 301?

- ¿Hace cuantos días? – me pregunta.

- No lo sé… de la última semana – no creo que haya estado tanto tiempo inconsciente.

- La última vez que esa habitación estuvo ocupada fue… - se detiene para verificar los datos de la computadora – hace tres semanas.

¡¡¡TRES SEMANAS!!!”, pienso.

- ¿Está segura señorita? ¿Podría verificar de nuevo? – le pregunto, para tratar de convencerme.

- No hay errores en los datos, señor… ¿Es usted policía? ¿Me podría dar su apellido, por favor? – me pregunta.

- Price… Zudo Price, señorita… y no soy policía – respondo, ingenuo.

- Price… señor Price, hay una correspondencia aquí para usted, no la había visto nunca… puede que la hayan dejado hace poco – y me entrega un sobre cerrado.

- Muchas gracias – contesto sorprendido, mientras la recibo.

Camino hacia la motocicleta del granjero, mientras abro el sobre. En medio del camino me detengo para volver a leer lo que decía la carta:

- “Si quieres ver de nuevo a tus amigos, ellos te esperan en Chicago, Zudo”.

S.

Tomo mi motocicleta, y parto inmediatamente hacia el norte. Chicago es la siguiente parada. Puedo sentir como mis cejas se arquean por el enojo:

- ¡Smash, si les has hecho algo a Elena, te voy a partir en dos!


Continúa...
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