15.11.08

Mirox Zero: Vengador Justiciero

Historia: Diego Arévalo.

I

“En Santiago de Chile las cosas últimamente han sido cualquier cosa, menos tranquilas. Recuerdo que la noche en que iba a ser padre caminaba por las calles cercanas a La Moneda. Algunas luminarias, no es de extrañar, estaban en mal estado, lo que te daba cierta sensación de inseguridad, acrecentada por la creciente ola de asaltos que se habían registrado en la ciudad. Bueno, hice lo que cualquier ciudadano cuerdo habría hecho: crucé la calle para quedar bajo la protección de la luz que parpadeaba a ratos en la vereda de en frente.

Luego de cruzar me di cuenta que no tenía mucho sentido, ya que por la ubicación de los pocos postes con sus luces funcionando me obligaban a caminar en zig-zag por toda la avenida Trinidad. No era muy agradable. Así que decidí no complicarme y caminar derecho por la acera en la que estaba.

No pasaron más de veinte segundos luego de haber emprendido mi camino cuando oí disparos, justo detrás de mí a un par de cuadras. Fue entonces cuando tomé una decisión que cambiaría para siempre mi vida, pero de la cual no me he arrepentido lo suficiente hasta ahora”.


II

“Ayudado por la oscuridad de la calle me acerqué lo mas rápido que pude sin hacer ruido hasta el lugar donde me supuse había salido el disparo. Pensé que si había sido un asalto era muy probable de que el ladrón hubiera disparado, tomado las cosas y huido, en cuyo caso habría alguien herido que necesitaba ayuda.

Al llegar al lugar encontré a un hombre de unos treinta y tantos años tirado en el piso sobre un grotesco charco de sangre. Había llegado tarde. Corrí a la esquina más cercana, donde había un teléfono público y llame al 131 para dar el aviso.

Inmediatamente después de colgar, una patrulla dio la vuelta en la esquina: alguien ya había dado aviso a carabineros. Dos carabineros salieron del vehículo, uno se aproximó a la víctima y el otro se me acercó, me hizo un control de identidad y me preguntó que había sucedido. Le conté todo tal cual había pasado, sin embargo debí acompañarlos a la comisaría. Mientras se cerraba la puerta de la patrulla vi que los peritos recogían un arma”.


III

“Una vez en la comisaría, se me pidió que repitiera lo que ya le había contado al carabinero en la avenida Trinidad, pero esta vez frente a una grabadora. Luego de esto llegó una mujer con claras señales de que había estado llorando.

- Señora Andrade - le dijo un carabinero - ese es el hombre que encontró a su esposo y dio aviso a la ambulancia.

Ella se volteó y me miró. Vi como su cara de repente expresó mucha rabia y se abalanzó sobre mí, gritando y arañándome.

- Él fue – gritaba – él fue el guardia que mató a mi esposo.

Hasta entonces no recordaba que aun vestía mi uniforme de guardia de seguridad. De todos modos el edificio donde trabajaba no quedaba muy lejos.

Al día siguiente fui formalizado por el delito de homicidio, aún sin saber muy bien el porqué. Yo sólo había ido a auxiliar a alguien y de pronto me vi envuelto en semejante conspiración. Nunca tuve muy claro el como se llevó a cabo el juicio ni cuales fueron las pruebas, sin embargo fui declarado culpable y condenado a diez años de cárcel”.


IV

“Una vez en prisión, mi esposa, contigo, mi hijo, en sus brazos me relató lo que finalmente había pasado con el juicio.

La señora Andrade salía de un cajero mal iluminado con su esposo. De pronto un hombre en uniforme de guardia los asaltó. El hombre, se rehusó a entregar el dinero por lo que el asaltante lo encañonó y le disparó a quemarropa. La señora Andrade se abalanzó desesperada sobre el tipo haciéndole botar su arma. Él la empuja y sale corriendo huyendo, sin embargo la Señora Andrade lo persigue. El se detiene y la golpea dejándola inconsciente. Luego ella me ve en la comisaría y no duda en señalarme como el autor del asesinato. Sin embargo a pesar de la falta de pruebas en mi contra se me declaró culpable, ya que el arma no tenía huellas digitales y no se encontró el proyectil homicida para realizar las pruebas de balística.

Mi esposa, tu madre, nunca desconfió de mí. Y no tenía porque de todos modos. Así que me esperó. Yo por mi parte decidí hacer pagar a aquellos que fueron los verdaderos culpables de mi encarcelamiento; los asesinos y ladrones de esta ciudad en general. Tuve bastante tiempo para idear una manera efectiva de poner tras las rejas a aquellos que debían estarlo”.


V

“En prisión conocí a un tipo que estaba condenado a cadena perpetua, por parricidio. Mató a toda su familia con sus manos solamente. Él era un experto en artes marciales y de verdad consideraba que lo que había hecho estaba mal. Nunca me quiso contar sus motivos ni tampoco se los pregunté. A pesar de eso era una persona buena. Él me instruyó en las artes marciales y me hizo lo que soy. El vio que no había mancha en mí y al saber lo que tenía pensado hacer, me entrenó.

Fueron 10 largos años, al cabo de los cuales ya me había convertido en lo que todos conocieron en Chile como el Vengador Justiciero. Claro está, nadie sabía mi identidad sino sólo tu madre y aquel hombre en la cárcel.

Hice muchas cosas, algunas buenas, otras quizás no tanto. Pero ahora, en el final de mis días quiero dejarte en claro que tu padre no fue un criminal y un padre ausente. Fui sólo lo que la sociedad necesitaba. Ahora sólo tengo que pedirte perdón.

Adiós, hijo.”

Esta carta fue lo que inspiró a Eduardo Fernández para seguir los pasos de su padre, Enrique, y convertirse en su sucesor: el segundo Vengador Justiciero.


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