6.8.08

Brand New Start #2

“Señal de Advertencia”
Historia: Rodrigo Roa

I

Primer día.

Raymond Curtis era un humilde pastor, que vivía en una cabaña en los alrededores de Angalileo. Su única compañía era su rebaño, fuente de su sustento físico, y su Biblia, fuente de su sustento espiritual. Desde el día del despertar en este nuevo mundo, Raymond sintió algo extraño, pero decidió que lo mejor que podía hacer era retomar su rutina, conservar el orden de su vida, ya que “la costumbre es lo más seguro”, según él.

Su trabajo comenzó de inmediato. El día brillaba cuando decidió empezar. Su rebaño, hambriento, requería de pastos tiernos, para volver a su lozanía. Raymond decidió buscar esos nuevos pastos, y salió de su cabaña, resuelto a caminar mucho, para encontrar lo que su rebaño necesitaba. Sólo tomó un bastón, y su Biblia, y comenzó su viaje.

Pero los pastos tiernos no aparecían, y Raymond y sus ovejas caminaron varios kilómetros, alejándose de su casa. El día brillante ya no lo era tanto, y negras nubes llenas de agua se cerraban sobre su cabeza. De pronto, un rayo y un trueno fueron los primeros indicios del repentino cambio de clima que se venía. Raymond decidió volver, y guió a sus ovejas en dirección a su hogar. Pero la distancia recorrida se le hizo eterna. Por más que caminaba, no avanzaba, y el camino parecía no terminar. La lluvia se desató sobre él, y lo empapó todo. La oscuridad era su segundo enemigo del momento. Poco a poco, la lluvia se hizo más fuerte, hasta nublar incluso la vista de Raymond. Cansado, se refugió bajo un árbol. Asustado, recordó de pronto que traía su Biblia, y decidió leerla para calmarse. La abrió en el libro de Job. Pero la tormenta siguió creciendo, y ahora fuertísimos vientos azotaban el mundo. El miedo se apoderó del pastor. Acurrucado junto a un árbol y junto a su Biblia, Raymond esperó y esperó, mientras la naturaleza desataba todo su impresionante poder…


II

Segundo día.

Al otro día de la tormenta, Raymond abrió sus ojos, y vio que el Sol dominaba ahora el cielo. Miró su Biblia, y estaba empapada y destruida, inutilizable. Se levantó con ella en la mano, y miró a su alrededor. Lo único que vio, fueron cuerpos. Todas sus ovejas habían perecido, ninguna sobrevivió. Raymond se dio cuenta de que lo había perdido todo. Un gran grito surgió en su pecho, pero el pastor mantuvo el silencio. No podía comprender que no le quedara nada, de lo poco que tenía. Aún mirando la catástrofe de su rebaño, recordó algo. El libro de Job. Ahora más que nunca, los pasajes que había leído la noche anterior, cuando el miedo lo poseía, resonaban en su mente, y más aún en su alma. Miró una vez más su Biblia, y sintió que todo era una burla. Sintió que la ironía del Dios que le hablaba a través de esas palabras, había llegado demasiado lejos. Lleno de ira, arrojó lo que quedaba de su Biblia a varios metros, golpeándola contra una roca. Raymond se arrodilló y exclamó las primeras palabras que su alma le dictó.

- ¡¿Por qué, Dios?! ¡¿Por qué me arrebatas lo único que tenía?! ¡¿Es que esto es un juego, como lo jugaste con Job?! ¡¿Por qué nos quitas la esperanza en lugar de darla?! ¡No te entiendo! ¡¡No te entiendo!! – y al fin susurró – Y… creo que… ya no quiero entenderte…

Puso su cara en el suelo, entre sus manos, y lloró amargamente. Sus lágrimas indicaban la muerte de su fe.

- Tenía tan poco… y Tú me lo quitas – continuó - ¿cuál es la idea?

Y mientras decía eso, nuevamente unas nubes negras se cerraron sobre su cabeza. Raymond miró el cielo, pensando “otra vez”. Pero, de pronto, y en lugar de lluvia, se vio un luminoso rayo, y luego, junto al ruidoso trueno, se escuchó una potente voz.

- Raymond Curtis… ¡abraza mi luz!


III

Tercer día.

Raymond Curtis pasó varias horas escribiendo. Nunca fue bueno para hacerlo; “no es necesario cuando tienes una vida como la mía”, se decía a menudo. Sin embargo, esta vez sabía que debía hacerlo. Su mente estaba llena de saber, de conocimiento, de luz.

La voz de la tarde anterior había sido una revelación. La fe que moría abrió espacio para una nueva fe. Un ser de gran poder lo había rescatado del abismo, y le había dado un propósito. Un ser que le había otorgado tal luz, tal misión, no podía sino ser un dios.

- Raymond Curtis… Recibe la luz, y la luz te recibirá – le había dicho – A partir de hoy, seré tu Señor, y tú serás mi representante ante los hombres. Serás mi voz, llevarás mi luz, y portarás mi saber ¡Soy Logos, y he venido a iluminar al mundo!

Esas palabras estaban grabadas a fuego en el alma de Raymond. Así había empezado su narración, en este escrito, al que había titulado “El Libro del Logos”. Y a falta de papel, lo había escrito sobre lo que quedó de su antigua Biblia.

- Raymond Curtis… Así como guiabas a tus ovejas, ahora tú serás el guía de mi nueva Iglesia. Tú enseñarás de mí, y fundarás mi Iglesia. Ve, y muéstrales a su señor: Logos – le encargó como misión este nuevo dios. Antes de desaparecer, preguntó - ¿Crees en mí?

- Sí, Señor. Creo – contestó de inmediato, Raymond, obnubilado por la experiencia.

Tras largas horas de escritura, y completamente convencido de lo que hacía, creyendo en Logos, abriéndose al saber y a esta nueva fe, Raymond Curtis emprendió camino al llamado, “centro del mundo”, Angalileo, capital de Eria. Su misión le esperaba, y era grande.

Días más tarde, se fundaba la Iglesia del Logos. Y la gente comenzó a creer.


IV

Ahora.

Los héroes aún no salían de su estupor. El sólo hecho de escuchar a un antiguo enemigo llamarse a sí mismo “dios”, les provocaba escozor. Pero el poder que manifestaba Logos era realmente inusual.

- ¿Qué quieres, Logos? – preguntó Black Force.

- Simplemente, que se me respete como lo que soy: un dios – respondió - ¡Crean en mí, no sean ilusos! Yo soy la razón por la que el mundo ha vuelto.

- ¿Cómo es eso posible? – preguntó confundido el Amo de los Espejos.

- Si creen en mí lo entenderán – replicó Logos.

- Claro – respondió irónico Electric Man – creeré y también me arrodillaré y sacrificaré un chivo por ti. ¡Basura! Deja de lado tus ensoñaciones y no nos desafíes.

- ¿Desafiarlos? Jajá – rio Logos – Los que crean en mí, verán la luz. Si no, serás cegado. Esto es sólo una señal de advertencia para ustedes. Si temen que los dejen de adorar a ustedes, y osan interponerse en la formación de mi Iglesia, aténganse a las consecuencias. Pero ya lo saben… - y su voz se asemejó a un trueno - ¡La luz de Logos ha llegado, y ha salvado este mundo!

Y dicho esto, una luz como un rayo volvió a iluminar el salón, y Logos se desvaneció.

Los defensores, aún sin palabras, intentaban pensar que hacer para conocer la verdad, y si era necesario, detener a Logos. Electric Man fue el primero en hablar.

- No puede ser que este tipo venga acá y nos desafíe sin más. Debemos encontrar lo que esconde y detenerlo.

Justo en ese momento, llegaban algunos héroes a la reunión, entre ellos la Familia de Fuego, Guardián Nocturno y Estrella Fugaz. Este último, sorprendido, habló en seguida.

- Eh… disculpen muchachos… pero alguien me puede decir, ¿qué pasa allá afuera? Hay unos predicadores en las calles, hablando de un tal “nuevo dios”… Y mucha gente los sigue… ¿De qué hablan?

Los héroes se miraron unos a otros, y comprendieron que debían actuar rápido, o lo que sea que fuese lo que estaba pasando, se saldría de control.


V

Días más tarde.

La Iglesia del Logos había crecido considerablemente. Muchas personas ya se habían bautizado, y el credo de este nuevo dios se expandía por el mundo.

En Angalileo, el autoproclamado Cardenal Raymond Curtis había conseguido tal éxito, que la construcción del primer Templo de Logos ya estaba bastante avanzada. La gente acudía a él por su sabiduría, su conocimiento, y pidiendo su bendición.

- En el nombre de Logos, recibe la iluminación – le decía a cada uno de los creyentes que se acercaba, y los bendecía dibujando con un gesto, el símbolo de Logos en su rostro.

Esa noche, el Cardenal se retiró a sus aposentos, ubicados en el mismo Templo, y se preparó para dormir. Sin embargo, de pronto sintió el movimiento de unas cortinas en el Templo. Fue hacia allá, y encendió unas velas, buscando la razón de ese movimiento.

De la nada, una voz susurró.

- Por aquí, Cardenal.

El Cardenal iluminó en esa dirección, y vio al responsable, quien de inmediato dijo:

- Soy Destructor. Quiero que me cuente de Logos.

Ambos sonrieron…


Continúa...
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