12.9.12

IMPERIO #7

Historia: Zirijo & Rodrigo Roa.
"Signos de Muerte"


I

- Sus signos vitales no son estables.

- La encontraron por casualidad en la calle… si la hubieran traído antes, podríamos haber alcanzado a hacer algo…

- No nos engañemos, doctor Carrasco, sabemos que ni siquiera nosotros sabemos si sobreviviremos…

- La máquina se ha vuelto loca, su corazón está fallando… no, sus pulmones...

- Límpiese la cara, la sangre que tose puede contagiarlo…

- Ya estamos enfermos, Carrasco… llama a las enfermeras.

- Imposible, están todas ocupadas con más pacientes….

- ¡Qué diablos!  Su cuerpo se está endureciendo, ha roto las agujas… ¿Quién es ella?

- Ya no importa… es muy tarde, no responde…

- Mierda... ¿Hora de fallecimiento?

- 16:55

- ¿Nombre?

- Jen Van Buyt

- Avise a los familiares…



Pero ya no queda nadie. Todos los países del planeta están bajo ataque de los Estados Unidos, del Imperio. Es un ataque fulminante a escala global. Los soldados y los Pershings avanzan sobre territorio extranjero a sus anchas. Algunos dan la pelea, otros caen. La mayoría de las fuerzas militares están diezmadas, y ni siquiera se puede descansar por las noches. El ataque es constante y sin piedad.

Las ciudades y fábricas son acechadas y miles de personas ya están famélicas, por la falta de alimentos y provisiones.

Japón e Inglaterra han pagado el precio de desafiar al Imperio. Cientos de miles de muertos, de ahogados gritos en el ruidoso deseo de la explosión, del mortal grito de la bomba, al caer sobre los sueños y las vidas de inocentes y culpables, sobre  amores y odios… ante la muerte todos fueron iguales, usando a AHB-42 como verdugo.

Y ninguno de los bandos está contento.

Los medios de comunicación ciegan y emboban a los ciudadanos norteamericanos, mientras sus líderes les mienten en sus caras. Hablan de una guerra preventiva, de amenazas de terrorismo y bombas nucleares hechas en cuevas en el medio del desierto. Algunos los acusan de ocultar la verdad, pero ellos se defienden y los tildan de locos y conspiracionistas.

La Verdad. La verdad es que nos están masacrando, nos matan de hambre y nos muestran imágenes de cómo debería ser nuestras vidas. Nos tientan a robar y engañar, nos llevan a malgastar nuestras vidas bajo un modelo que sólo los hace más poderosos. Pagar nuestro tributo de vida, nuestro derecho sobre esta tierra… eso quiere el Imperio, y eso es justamente lo que no vamos a permitir.

II

Luego de dubitativas reuniones, Canadá decidió tomar cartas en el asunto. Con sus fuerzas militares armadas con avanzadas herramientas de guerra, se movieron por el norte de Estados Unidos. Entraron por Detroit, disparando rifles cargados con la energía infinita de Quasar. Algunos grupos de héroes que seguían en tierra norteamericana, y que no habían sido exiliados, o no se habían retirado de este territorio por cuenta propia, fueron al rescate de civiles, a Detroit y New York. Sobre The Wall... bueno, The Wall tenía su propia agenda.

Azul Profundo”, “Ala Plateada” y “Hélice Roja” cargaban a las últimas y rezagadas tropas del personal con que aún contaba el D.A.E., conocido por la mayoría como “The Wall”.

El sub-comandante a cargo de la misión, a bordo del Hélice Roja, había sido escogido por el mismísimo Mark Campbell, por un sofisticado sistema aleatorio, para evitar sabotajes y corrupción dentro de la alicaída organización.

Muchos, queriendo o no, fueron reclutados para esta misión. Desde la División Administrativa, que recibía instrucción militar también, hasta los miembros retirados de la División de Asuntos Paranormales, como el siempre mal catalogado Paul Morgan.

Todos los miembros estaban distribuidos alrededor del edificio de la O.N.U.

Estados Unidos estaba en alerta roja. Sus fronteras estaban siendo atacadas por todas los frentes. Un gran pelotón de soldados acudió a detener el ataque de The Wall al edifico de Naciones Unidas, pero nadie entendía el fin del operativo.

- Señor, con todo respeto ¿cree que esta misión será exitosa? - preguntó Gary Anderson, piloto del Hélice Roja a J. Monroe, subcomandante encargado de la misión.

- No hay duda – respondió Monroe – Nosotros tenemos que encargarnos de llegar a la sala de la Secretaría General.

- ¿No nos tomaremos el salón de reuniones? – preguntó nuevamente Anderson.

- Esa maniobra es para darle teatralidad a la misión en general. El objetivo principal es la base de datos que está en el computador de la Secretaría. Desde ahí activaremos la red de “Alternet” conseguida por nuestro agente Richard Butler, y enlazaremos al resto del mundo, para coordinar la resistencia. Debemos enviar la “Señal de Muerte”.

La radio del Hélice Roja se llenaba de voces y comandos sobre el operativo. El primer bloque, el de choque, ya había hecho contacto con las fuerzas norteamericanas, y todo estaba saliendo como lo había planificado Campbell.

- ¿Qué es eso señor?

- Es la señal de radio para desactivar a los Pershings. Un héroe alemán, el Doctor Neutrón, nos la ha hecho llegar a través de la Alternet. Con eso comenzó la operación, y luego reconstruiremos el mundo… ladrillo por ladrillo.

III

- ¿Nos hemos refugiado lo suficiente? – preguntó León a su padre, el capitán de la nave, el Kraken, de Los Calaveras.

- Los Sky Rangers nos dieron la ventana perfecta para escondernos – respondió Arthur Schweppes, padre de León.

Los Calaveras, con su flota compuesta por cinco barcos, han estado refugiados en la costa Este de Estados Unidos, luego del ajetreo de los eventos ocurridos en New York.

- El GPS muestra que estamos cerca de K West... podemos ocultarnos ahí, y luego saltar a Cuba... ellos pueden ayudarnos – dijo uno de los de aborto.

- Cuba no nos puede ayudar... debemos pedir asilo en Eria – responde el capitán.

- Zarpemos entonces – exclamó León.

Los preparativos fueron hechos. Las cinco naves continuaron su viaje hacia el sur, tratando de burlar la seguridad norteamericana. El Kraken se elevó, tomando velocidad, activando sus sistemas anti-gravitatorios y de movimiento en el vacío.

- ¿Qué es eso que aparece en el radar? – preguntó Zudo, siempre atento dentro de la cabina.

- Se mueve demasiado rápido, señor… se dirige hacia acá... ¡Cuidado!

Una poderosa explosión destruyó el casco del Kraken. Un gran impacto dio con los motores, desestabilizando la estructura de la nave, precipitándose a suelo.

- ¡Todos a las balsas de transportación! ¡Cambien de barco! ¡Todos al Hydra! – era la orden de abordo.

Apenas podían moverse en el transcurso de la caída. Algunos llegaron a los dispositivos, otros entraron en pánico, y otros simplemente se aprestaron a morir.

- ¡Vete, hijo! ¡Debes liderar a estos hombres! – gritaba Arthur Schweppes en medio de la caída libre, a su hijo León.

- ¡No padre, moriré contigo aquí!... Me hundiré con el barco.

- Este no es tu barco, hijo… es muy pronto para ti – dijo el capitán, empujando dentro del dispositivo de transportación a su hijo, alejándolo de la catástrofe.

Desde lo alto, una figura se mantenía en suspensión. The American Dream miraba como se desplomaba el Kraken, sosteniendo en una de sus manos una pieza del destrozado motor.

- Dale mis saludos al Rey Negro… fue un placer haber servido con él – dijo Arthur.

- ¿De qué estás hablando? ¿Qué pasará con mis amigos prisioneros? – preguntó Zudo, desconcertado...

Luego, el impacto con el suelo.

IV

- Monsieur Canadá, nos acercamos al objetivo – comunicaba Polar a través de los comunicadores incluidos en el equipo entregado por el gobierno de Canadá a su tropa de Elite.

Le Projet Acadia estaba en movimiento. Los tres miembros del equipo de fuerzas especiales de Canadá avanzaban por cielo norteamericano en dirección a Los Angeles, una de las más importantes ciudades del Imperio.

- Debemos darles un escarmiento a estos “Yankees” – dijo Monsieur Canadá por el comunicador, a Polar – hay que dejarlos ciegos.

Monsieur Canadá miró a Quasar con una sonrisa burlona, buscando apoyo a su estrategia, pero este no le devolvió la mirada. Quasar estaba perdido, su mirada no expresaba nada, y desde el comunicador que llevaba en su oído no se oía orden alguna.

- Polar, ve al Aeropuerto Internacional… tenemos que cortar la entrada a la ciudad. Quasar, a la entrada norte… vamos a sitiar la ciudad… nadie entra, y nadie sale, sin nuestro consentimiento – ordenó el canadiense a cargo de la operación.

Polar partió inmediatamente, pero Quasar no cambió de rumbo, hasta que la orden salió del comunicador, y de los labios del propio General Bernard Mathieu.

Los Angeles estaba bajo el ataque de los canadienses. Mientras las pistas de aterrizaje estaban completamente congeladas, la entrada fue destruida por un pulso exacerbado de energía. Y las alertas estaban puestas a lo largo de la frontera.

- Señor, no contestan… los All-Americans no responden al llamado que hacemos – dictó uno de los encargados de las comunicaciones dentro de las fuerzas de defensa de los norteamericanos.

- Llame a Smash. Él y su equipo deberán hacerse cargo de la situación… usted, siga intentando comunicarse con Agente… no pare hasta que logre contacto – ordenó un superior directo.

Por los cielos de Los Angeles volaba Monsieur Canadá, mientras la población entraba en pánico. La policía disparaba al cielo, pero nada era efectivo. Las llamadas con los militares no servían de nada, ya que una extraña onda emitida por el cuerpo de Quasar bloqueaba toda señal de comunicación, y todas las televisiones y sistemas de emisión y recepción de señales estaban muertos.

Pasado un rato, las fuerzas de la división meta-humana se adentraban dentro de la ciudad, para tratar de retomar el control sobre ella. En el aeropuerto, Polar fue emboscada por los soldados entrenados por el general Burt Smash, que era acompañado de una muchacha.

La miembro del Projet Acadia estaba en serias dificultades por el ataque de las tropas de Smash, pero Monsieur Canadá llegó para ayudarla.

- ¿Cómo es que estos sujetos te están dando problemas? – preguntó el hombre con la bandera canadiense en el pecho a su compañera.

Smash ordenó que se encargaran del sujeto que volaba, a su francotirador, quien al lado de la muchacha que incrementaba las habilidades especiales de quienes la rodeaban, acertaba con precisión sus dagas.

- ¡C’est fini! – exclamó Monsieur Canadá, harto de los intentos por derribarlo.

Se vieron sobrepasados por el ataque del canadiense, así es que Smash no tuvo otra opción.

- Libérenlo… es suficiente, con lo que ya han hecho será suficiente para manejar a la bestia – ordenó Smash por una radio segura, superior en potencia y señal a las bloqueadas por la onda de Quasar.

En una instalación secreta en Oklahoma, recibían la orden de Smash, despertando a quien se encontraba atrapado en una especie de caja, produciendo una variable del “vórtice de incertidumbre oscura”, producido en este mismo taller. Un collar lleno de anestésicos y alucinógenos adornaba el cuello de quien era despertado de una cesión de super–programación neurolingüística.

- Ve a Los Angeles, allá se encuentran los que quieren lastimarte… los que te capturaron – le dijeron a la apenas despierta criatura.

- Mis captores… mi enemigo – susurró entre brillos y destellos.

El poderoso ente destrozó el lugar donde se encontraba, para llegar en un par de segundos al aeropuerto internacional de Los Angeles, ya que estaba siendo guiado por el collar equipado con tecnología de punta farmacológica y de GPS.

El individuo desató su furia devastando el lugar, destruyendo el edificio y los aviones que se encontraban varados.

- Quasar, respalda a tus compañeros. Necesitamos una imagen de lo que sea que tienen los “yankees” – ordenó la voz en el oído de Quasar.

Este se desplazó hasta el lugar de lo ocurrido. Mientras, Camille Sanders observaba la figura del miembro de Defensores Unidos...

- ¿Quién eres tú? – repitió Quasar, en voz alta, dirigiéndose al recién llegado.

- No se hagan los desentendidos – dijo con una voz doble la criatura que rivalizaba en brillo con Quasar, formando una atmosfera surrealista de destrucción y belleza – Somos Luz, y pagarán por lo que me hicieron.

V

Ellos se dirigían a la frontera con Estados Unidos para detener esta locura. Los Metal Knights proporcionaron a los últimos miembros de Defensores Unidos que quedaban en Eria de su mayor capacidad tecnológica para apoyarlos en la operación. Blackbird, el Hombre de Fuego y Quick estaban una vez más reunidos.

- ¿Pueden oír esa explosión? – preguntó el Hombre de Fuego a su amigo y compañero Blackbird.

- Sí, no debemos estar tan lejos… - respondió el defensor de atuendos negros - ¿Todo bien allá abajo? – preguntó luego.

- ¿¡Qué!? ¡No logro oírte! – gritó Quick, viendo que Blackbird se dirigía a él. Tuvo que aumentar la velocidad de la carrera, para no hundirse en el océano.

Adelante la playa, y una columna de humo. Quick los esperaba cuando Adam y Justin descendieron a la playa de Haulover, Miami.

Las palmeras y los edificios se acompañaban de una larga columna de humo y unos extraños barcos que volaban alejándose a toda velocidad.

- ¡Hey! – grito Blackbird a una figura que flotaba, y se prestaba a seguir a estas máquinas en su huida. El hombre que flotaba escuchó el llamado, y permitió que la flota de cuatro embarcaciones voladoras se alejara.

- ¿Quiénes son ustedes? – preguntó el sujeto, que se acercó muy rápidamente volando. Un luminoso rojo, blanco y azul adornaban el uniforme del sujeto, rubio y de al menos un metro noventa de alto. The American Dream.

- ¡Somos Defensores Unidos, y exigimos hablar con el Presidente de los Estados Unidos! – reclamó Blackbird, firme, con sus dos compañeros a su espalda.

- ¿“Exigimos”? ¿Quiénes se creen ustedes para entrar a territorio de los Estados Unidos del Mundo de esa forma? – preguntó arrogante el soldado con la estrella unificadora de todas las naciones en su pecho.

- Ya lo dijimos, somos Defensores Unidos – dijo Justin, el Hombre de Fuego – no nos hagas repetirlo una vez más.

- ¿O qué?  - se oyó de alguien que venía a toda velocidad por la playa de Haulover, en un jeep, fumando un habano.

- Viene alguien más, Blackbird – advirtió Quick a sus compañeros, sintiendo una extraña vibración en el ambiente.

- Reporten sus identidades civiles, es una orden – dictó Agente, esperando la llegada del tercer integrante de All-Americans, el velocista “Sonic Man”.

- Es increíble lo insensibles que son… ¡el mundo envuelto en una tremenda guerra, inocentes mueren todos los días por una enfermedad fulminante, y ustedes no nos permiten hablar con su Presidente, para tratar de convencerlo de ayudar un poco! – proclamó Quick, al borde de la angustia.

- Niño, no seas tan ingenuo – respondió Agente a las palabras del defensor, mientras daba otra bocanada de humo de su habano - ¿Crees que el Presidente puede detener esto? ¿Crees que está en sus manos decidir el destino del mundo?

- Entonces déjanos pasar, déjanos hablar con él, para preguntarle lo que nos acabas de preguntar... – dijo el Hombre de Fuego.

- Inútil. – sentenció The American Dream – Sus intentos son inútiles. Si es que no se entregan, serán juzgados por terrorismo, y por entrar al país de forma ilegal.

- Déjennos pasar… - dictó Blackbird, aburrido y furioso por la situación.

- Vamos, están bajo arresto – dijo The American Dream, acercándose a los héroes de Eria.

Justin, al ver a Adam, se encendió en llamas, y Quick preparó carrera, al sentir el calor que emitían sus compañeros. Blackbird, Adam Johnson, evitó ser atrapado por el norteamericano apretando su mano derecha con tanta desilusión y enojo, que se dirigió directamente al rostro del sueño americano, transformada en un fuerte puñetazo. La guerra no estaba más que comenzando...


Continuará…


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