11.12.10

Arcángel #7

“Ángel Negro” (Parte 1 de 2)
Historia: Jairo Guerra.

I

En medio de un estallido de maderas, vidrios, gotas y sangre, se escucha solo una voz.

- ¡Arcángel, detente ahora!
   
Es un tornado, un vórtice de destrucción el que produce Jeremiah Burke con un solo brazo, mientras Swallow (Angela Jamseck) le toma el otro, intentando detenerlo, sin mucho éxito.

- Estoy harto de tus métodos… no aguanto más – respondió el vigilante alado, mientras lanzaba al último ebrio ensangrentado a través de una pared de la cantina.

Arcángel se refería a las tres semanas y media de búsqueda de Jake Stone, el ayudante de laboratorio de Angela, raptado por quien sabe quien, en quien sabe donde. Jeremiah ya dudaba que el pobre diablo estuviese vivo. Pero Angela insistía en la investigación amedrentadora, mas no-violenta, sin llamar la atención. Ese día, Arcángel sucumbió ante sus demonios internos.

Angela soltó el brazo de Jeremiah, casi temblando de rabia. No había nada ni nadie de pie, aparte de ellos dos. No era la clase de investigación no-violenta a la que se refería.

- Maldita sea, Jeremiah… esto no puede continuar así, no te di el traje para esto…

Burke cerró y abrió los puños repetidamente, como pensando y re-pensando sus palabras. En realidad, lo que hacía era contener la rabia que se habia ido liberando y apoderando de su cuerpo, una electricidad que lo recorría de punta a punta, una energía negativa nueva.
   
- No puedo más con esto. Me voy – dicho y hecho, extendió sus alas y atravesó el techo como una bala.

Angela continuó de pie, en medio del charco de sangre, alcohol, grava y vidrio, mordiéndose los labios para no maldecirlo otra vez.

II

Una gota de agua, volvió a repiquetear cerca de él. Era como trabajar en una caverna. Pero, ¿acaso no lo era?

Jake Stone extendió la mano, buscando un sitio seco para volver a acomodarse en medio de la oscuridad de su prisión. Tenía una pequeña luz, que le servía para trabajar en los planos y en la modelación de algunas pequeñas partes, antes de entregarlas a los ensambladores de Nest, para las armas que se había “comprometido amablemente” a diseñar; no la prendería ahora, solo atraería a los imbéciles guardias y obtendría una paliza gratuita.

Luego de extenderse unos centímetros más allá, cerró los ojos.

Se habría quedado dormido pronto, a pesar de que no sabía qué hora ni que día era. Pero la puerta metálica crujió, rechinó y se abrió.

- Sr. Stone.

Su voz de metal le congelaba los huesos. Era lo que más odiaba, de todas las cosas que odiaba en esa prisión. Esas visitas. Las interrogaciones. La voz.

Como siempre, Serpentario comenzó mirándolo. Inspeccionando su apariencia meticulosamente, escudriñando su cara, sus gestos, cada movimiento, en búsqueda de alguna razón para darle fin al cautiverio. Jake estuvo a punto de darle un par, pero se contuvo: ya habrá tiempo para eso.

- Sr. Stone… yo sé lo que lo mantiene vivo aún.

Si en la habitación hubiese habido más luz, la súbita palidez de Jake hubiese sido muchísimo más notoria. ¿Realmente lo sabía? ¿Cómo era eso posible?

- La raza humana es tan notable. Se diferencia del animal por su habilidad de razonar, de tener pensamiento lógico, de distinguir entre bien y mal. El hombre tiene sentimientos, el animal no. Apegarse a una falsa realidad… por Dios, es tan trillado… -la voz cortaba a Jake como navajas, ese siseo tan penetrante, mientras su mente rastreaba en búsqueda de algo, alguna pista que Serpentario hubiese podido notar, algún cabo suelto - Lo llaman “inteligencia emocional”. Usted, señor Stone, está experimentando una seria crisis de emocionalidad, lo cual es completamente comprensible: lo mantengo aquí, encerrado, sin luz, sin comunicación, trabajando para mí, a cambio de su vida.

Pausa. Stone suda. “Voy a morir, voy a morir, me va a matar, me va a matar”.
   
El rostro de Serpentario se mantiene en las sombras, pero sus ojos fulguran, y el chasqueo de su lengua saliendo entre los labios acrecienta la ansiedad  y el miedo de Jake.

- Lo gracioso, de toda esa crisis emocional, es que usted cree que esa emocionalidad es la que lo mantiene vivo. Esa esperanza. La verdad es que usted piensa escapar… pero como sabe que es eso es prácticamente imposible, acuna la idea, la esperanza de ser rescatado. Su rol de buen prisionero, uno cooperador, no es un intento de comprar su libertad; es una forma de mantener el status quo. Usted no hace nada estúpido, yo sigo obteniendo beneficiosos de su trabajo, todos ganamos, ¿no? Pero eso no me conviene. Porque eventualmente usted irá perdiendo esa esperanza, a medida que el tiempo transcurre y el status quo que usted se ha dedicado a mantener, a proteger, no cambia en absoluto. Sus ganas de vivir se irán consumiendo, y perderé su colaboración en un tiempo no muy lejano.

Jake se ha sentado. Serpentario se para frente a él, y se acuclilla. La escena es la siguiente: un encantador y su serpiente, pero invertido.

- Tiene que entender esto: esto es su nueva vida, y puede elegir quedarse aquí, encerrado, tercamente esperando algo que no sucederá… Pero le ofrezco esto. Trabaje conmigo, como mi aliado. Fuera de aquí, claro, en condiciones más, mucho más favorables.

- Pero… – pasó un rato antes de que Jake pudiese replicar, aún absorto e hipnotizado por el discurso de Serpentario - No puede ser así de simple, ¿o sí?

- Sr. Stone, ambos sabemos que no. Para acceder a los beneficios que le propongo, debe darme los planos del traje y el equipo de Arcángel.

III

Pasaron unos minutos. Stone pidió un tiempo para pensarlo a solas, a lo que Serpentario accedió con una sonrisa.

Apenas quedó a solas, Jake volvió a sumirse en la oscuridad. Dio vueltas una y otra  vez lo que Serpentario le había dicho, acerca de morir esperando lo que no iba a suceder. La idea era tan real, tan posible, que digerirla lo estaba llevando a un estado de shock. ¿Sería posible que los de afuera lo hubiesen dado por muerto ya? No sabía cuánto tiempo había pasado en el exterior, no tenía idea de cuando era día ni cuando era noche. El transcurso de los días era una lenta agonía de oscuridad y humedad, entre sueños y vigilia, entre el trabajo por el cual había sido secuestrado, y su “otro” trabajo.

Su secreto. Serpentario no sabía su secreto. Se arrastró bajo su mesón de trabajo, removiendo unas tablas cuidadosamente extendidas junto a un montón de chatarra también dispuesta estratégicamente, para ocultar un agujero en el piso de la caverna, de aproximadamente 30 centímetros de diámetro. Una vez descubierto, extrajo un objeto opaco. Lo puso sobre el mesón, levantó una cubierta lateral que exhibía un circuito electrónico, el que comenzó a atacar con un cautín. El objeto, que tenía la forma de un cráneo, era tan opaco a la vista, que parecía que absorbía la luz, sin reflejar ni un solo fotón.

Por supuesto, esto no era un hecho al azar. Serpentario tenía contactos de contrabando (desde que un nuevo y poderoso traficante de armas, conocido como Radio Man, había tomado sorpresivamente el control de todos los movimientos del mercado negro), con una empresa de ingeniería metalúrgica de los Balcanes, quienes desarrollaron una aleación de sílice y nitrato de aluminio, con un índice de refracción menor al 0,1%. Sin embargo, a pesar de las infinitas posibilidades que ofrece un material cuya visibilidad se asemeja al aire, presenta dos dificultades: es increíblemente liviano y frágil, pues es trabajado a escala nanométrica; y además es de producción costosa.

Jake había solicitado grandes cantidades de este material, aduciendo que dicha refracción casi nula provocaba a su vez gran absorción de energía, muy útil para la investigación armamentística. Por supuesto, robaba a diario casi el 80% del material; su conocimiento de la aleación se remontaba hace varios meses, cuando trabajaba en un proyecto personal (que nunca llegó a presentar a Ángela) para dotar a Arcángel de una armadura invisible. El experimento fue un fracaso: apenas se mezclaba el polímero con otra sustancia, las cualidades refractivas del primero se diluían. Sin embargo, al mezclarlo con acero carbonizado, se lograba algo sorprendente: un material no tan resistente como el acero, pero más dúctil y con cualidades de absorción de calor. Además de una negrura imposible de escrutar. Jake llamó a su descubrimiento “Erebo”.

Lo que Jake estaba trabajando sobre su mesón, casi a tientas, era el casco de su propia armadura. Una armadura de Erebo.

IV

El sonido de las alas ayudó a que Jeremiah se serenase. Sentir el viento en la cara, el mundo bajo sus pies. Convertirse en Arcángel era lo mejor que le había pasado en la vida: pero también se había transformado en el mejor combustible para su ego, un ego que pasó por años desarrollando planes de venganza y alimentándose de ira.

Su mente ya no funcionaba como antes. El poder que le daba el traje lo sentía como sangre que regaba su cerebro. Como una inyección de adrenalina. Como si nunca más fuese necesario (ni posible) sentir miedo. A nada.

Sin embargo, Jeremiah tenía miedo. Mucho más miedo que antes. Miedo a ser un mal héroe, dejándose llevar por sus impulsos. Miedo a que alguno de sus seres queridos fuese a sufrir por culpa de su nueva faceta. Miedo a que, aún en uso de su traje, no fuese capaz de cumplir su misión. Miedo a fracasar.

El fracaso. Que Jake estuviese perdido era un fracaso. Que la gente confundiera su rol de héroe era un fracaso. Que no fuese capaz de llevarse bien con su compañera era un fracaso.

Se posó sobre el edificio más alto de la ciudad, aterrizando en su azotea. Le temblaban las piernas, sentía una opresión en el pecho, la lengua se le contraía y le dolía de tan seca que estaba. Se sentía desamparado. Un héroe desamparado; que patético. Sintió ganas de llorar de rabia, de correr donde Ángela y pedirle perdón, pero le costaba tanto, tanto, desasirse de su orgullo. Sumido en sus pensamientos, no se dio cuenta de que comenzaba lentamente a elevarse, pues había extendido sus alas inconscientemente.

V

Elevándose sin darse cuenta, Jeremiah alcanzó una gran altura, la que recién notó por una corriente de aire que lo azotó. Miró a su alrededor: podía ver todo lo que existía más allá de los límites de Delta City. Si bien era una ciudad con muchísimos relieves, para estar tan centralizada su carencia más notoria, era la falta de aguas navegables. Delta City era una urbe enorme, pero aun así, sobre poblada, provocando el desempleo que consigo traía vagancia y por consiguiente, la formación de pandillas. Si la ciudad poseyese una salida al mar, la instalación de puertos y la explotación de la fauna marina, la situación sería distinta.

Entonces fue cuando Jeremiah lo notó. ¡Por supuesto! Stone no estaba en la ciudad. Las pandillas se abastecen con el tráfico de armas, lo que es posible sólo mediante embarques marítimos. Dado que hace tiempo que no había actividad de las bandas criminales originarias de Delta, lo más probable es que hubiesen cambiado de guarida, a una más aprovisionada, sin llamar la atención aún.

Burke no pudo evitar sonreír. Si estaba en lo correcto, todo lo que había sucedido este día, le estaba dando la razón. Por lo mismo, no avisó a Angela: volvería con Stone a salvo, restregándole en la cara su triunfo.

Extendió sus alas al máximo, dirigiéndose a Ciudad Costera a máxima velocidad.


Continúa...
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