20.12.09

La Historia de Eria I

Capítulo 1 de 4: El Pueblo Hachit.
Por: Diego Arévalo & Rodrigo Roa.

Hachit significa descendiente de los Dioses, y es por eso que debemos honrar nuestro pasado…

El Creador ha creado todo lo que existe. Luego, los dioses nos han dado la vida. Nosotros provenimos de los dioses, somos su creación y de ellos viene todo lo que poseemos…”; así comenzaba la historia que mi abuelo le contaba a mi padre cuando éste aún era un niño. Él era el más anciano de la tribu Hachit, y era en ese entonces el Guía, por lo que estaba encargado de contarle esta historia de manera solemne a todos aquellos que quisieran escuchar. No era un rito exclusivo, porque para los Hachit, su identidad les permite ser uno con sus hermanos, uno solo, ante los ojos del Creador.

Mi abuelo contaba que los primeros de nosotros fueron, según la leyenda, hijos de un dios y un espíritu femenino de la naturaleza, y sus nombres se han perdido en el tiempo. A ellos se les entregó el conocimiento Primordial, la verdad acerca de la creación. En aquel tiempo, sobre la faz de la tierra aún se hablaba La Lengua de los Ángeles, la lengua de la que aún perduran matices, pero que está mayormente desaparecida en el conocimiento humano.

Hombre y mujer, ambos fueron acogidos por la madre naturaleza. De ambos desciende el primero nacido en esta tierra, al que amaron por ser un regalo de los dioses, así que lo llamaron Neschit (“regalo de los dioses”). De ellos descienden todos los seres humanos. Así, a los muchos hijos que tuvieron los dos primeros, se les llamó Hachit, porque provenían de los Dioses, y de ellos descienden todos los Hachit como pueblo.

Ellos fueron prósperos y se multiplicaron y crecieron como hermanos, comprendiendo que todos eran igualmente hijos de los dioses. Todos eran hermanos, por lo que debían amarse como uno, y protegerse como la familia que eran. Al ser todos hermanos y nacer iguales, nadie tenía derechos sobre nadie, sólo los dioses, por lo que se les ordenó no privar a nadie de libertad, aún si faltaban a sus mandatos. Para ellos, el peor castigo sería el exilio. Para que no se apartaran de su camino, los dioses comenzaron a revelarse y comunicarse con el más anciano de la tribu, al que todos escuchaban, aunque era un igual, y al que simplemente llamaban “Guía”, ya que no estaba por encima del resto, pero podía guiarlos con la sabiduría y las revelaciones que los dioses le otorgaban.

Al principio de los tiempos no existía ninguno otro pueblo sobre la tierra, más que los Hachit, que eran prósperos y se desarrollaron rápido. Empezaron a cultivar la tierra y desarrollaron la navegación. Muchos se aventuraron fuera de los límites de la isla que hoy es Eria, y formaron nuevos pueblos y se esparcieron por toda la tierra. Pero algunos de estos nuevos pueblos se dejaron llevar por las ideas de unos pocos y se volvieron agresivos y entraron en constantes conflictos unos con otros. Por eso los dioses, al querer proteger a su pueblo, ocultaron la isla del conocimiento de todos los que no vivieran en ella, exiliándolos de alguna manera. También pusieron corrientes en el mar para que los navegantes no pudieran nunca llegar a la isla, a los exiliados les hicieron creer que esa tierra en medio del mar nunca existió y así vivieron por muchos siglos, separados del resto del mundo, que se desarrollaba a pasos agigantados impulsados por la guerra.

Los dioses les prohibieron a los Hachit desarrollar armas o aventurarse en el mar; si alguien lo hacía, perdería su identidad y sus recuerdos. Ellos eran un pueblo sabio, así que siguieron las órdenes de sus deidades, no desearon tener más poder que otros, ya que eso traía la guerra y la muerte, y así vivieron muchos años de paz, gracias a su fructífera agricultura y organización. Nadie ansiaba tener más de lo que necesitaba y si necesitaban ayuda siempre habría alguien que podría ayudar. A pesar de la mutualidad de su estilo de vida, no estaba permitido ser desidioso y sólo dedicarse a pedir, sin hacer nada; todos trabajaban por igual para obtener frutos individuales y en aquellas ocasiones en que las cosechas dieran más de lo necesitado, los excesos eran ofrecidos a la comunidad primero, y luego a sus dioses, en muestra de agradecimiento. Los dioses por su parte, al ver que su pueblo vivía en paz y sin discordias, siempre los ayudaron a vivir sin pasar necesidades, y a cambio, recibían la fe y la gratitud de su pueblo humilde y pacífico. En señal de pacto, los dioses les dieron a los Hachit una flor, solitaria como el pueblo, alejado de todos, blanca y pura como deseaban que su pueblo se mantuviera, y perenne como la paz que reinaba en aquel lugar bendecido y protegido por los dioses; la flor se llamó Eria, que significa “unidad”.

Muchos fueron los siglos de paz, pero con la misma paz, los dioses se durmieron, dejando que otros dioses despertaran. Aquellas deidades oscuras, que se mantenían al margen, influenciaron lentamente a los Hachit y los volvieron avariciosos, codiciosos y los llenaron de ansias de poder. Todo era suprimido por la gran sabiduría que se le había otorgado al Guía, pero la envidia y al ansia de poder de algunos de nuestros miembros terminó por separar el pueblo.

Aquellos que amaban la fuerza y la guerra se fueron al norte, allí crearon sus armas y se multiplicaron, basando su poderío en el fuego. Eran los más violentos y destructivos; allí en el Norte talaron mucha de la vegetación, y crearon ciudades dedicadas a la guerra. Entrenaban a sus hijos para la pelea, y trataban a las mujeres como esclavas. Itprom, dios de la guerra, los guió como hijos y les otorgó su conocimiento sobre las batallas. Crecieron mucho y se prepararon muchos años para algún día controlar a todos los Hachit y unirlos bajo su poder.

Otros de los que no querían paz se retiraron al Sur, en los alrededores de los bosques, donde había agua en abundancia y podían criar su ganado y desarrollar técnicas sutiles para vencer a sus rivales en el futuro, y se hicieron llamar la “Tribu del Agua”. Itsar, dios de la noche, los acogió bajo su sombra, y les enseñó artes ocultas sobre como vencer al enemigo sometiéndolo sin matar. Tanto Itsar como su pueblo odiaban derramar sangre, sobre todo de sus hermanos, y por lo mismo se escondieron en lo profundo de los bosques, y se multiplicaron, preparándose para tener un número tan grande y fuerza suficiente como para dominar a los demás Hachit sin necesidad de derramar sangre.

Aquellos que preferían vivir sus vidas en tranquilidad, pero para esperar a que apareciera la oportunidad de gobernar sobre los demás, se retiraron al Este, cerca del mar, donde crecieron sus ideas, y vagaron sin límite, como el aire que los identificaba. Acumularon riquezas con las que tentar a sus enemigos y convencerlos por medio de la codicia para que los siguieran o que se mataran entre ellos. Todo esto fue obra de Itgren, dios de la pereza y la codicia, un ser que les dio mucha inteligencia, pero poca fuerza, y los alentó a sentarse a esperar la mejor ocasión.

Aquellos que tampoco querían guerras ni peleas se escondieron en el desierto para pasar a ser la “Tribu de la Tierra”, fueron a la parte Oeste de la isla y allí se multiplicaron, esperando no ser molestados jamás. Se ocultaron detrás de las montañas y perfeccionaron sus construcciones para esconderse y no ser hallados jamás. El dios del miedo, Itmed, los convenció de que jamás serían los reyes sobre los demás y por lo mismo debían aislarse para no ser perturbados jamás. Pero la real intención de Itmed era tener un pueblo que le rindiera culto y se postrara a sus pies. Les prometió que mientras ellos lo adoraran estarían protegidos, y su mirada oscura los acompañó por décadas.

Sin embargo todos ellos que adoptaron nuevos dioses, que crearon sus propias lenguas, que construyeron sus ciudades y se alejaron de las tradiciones, ya no merecen llevar el nombre Hachit. Es por lo mismo que el pueblo fiel a los dioses que nos dieron la vida, se esconde, no por ser cobardes, sino porque cree en la paz y la unidad de todos nuestros hermanos. Desamparados por nuestra propia pasividad, nos mantuvimos en secreto de las demás tribus.

A pesar del mandato de los dioses de no pelear entre nosotros, cada tribu se enfrascó en una guerra por dominar todo. Todos peleaban contra todos, y murió más de la mitad de su población. Los dioses separados creyeron tener una oportunidad sobre el resto, y alentaban a sus tribus a pelear, año tras año, perdiéndose muchas vidas. La última gran batalla duró muchos días, y fue tan ardua la pelea, que los dioses que se habían dormido, despertaron de su letargo.

En castigo por sus malas intenciones, los demás dioses decidieron exiliar a Itprom, Itsar, Itgren e Itmed, y a sus seguidores; se les selló en lugares desconocidos e irreales. A las tribus del agua, tierra, fuego y aire les llevaron una maldición más grande aún que sus propias guerras: calmaron las corrientes del mar, lo que trajo a los invasores de más allá del mar. Los blancos y rubios desde el norte se encargaron de someter a los de la Tribu del Fuego y del Aire; y los morenos vinieron desde el sur, encargándose de la Tribu del Agua y de la Tierra. Los pocos sobrevivientes pasaron a ser esclavos, y se les llamó aborígenes.

Pero ninguno de ellos recordaba ya lo que era ser un verdadero Hachit, de modo que esa fue la protección que los dioses nos dieron en recompensa por nuestra fidelidad: “Y crearon nieblas alrededor nuestro para asegurarse de que nadie encontrara al pueblo puro de los Hachit”… fue lo último que mi abuelo le dijo a mi padre, el día en que se convirtió en un verdadero miembro de la tribu.


*Extraído de “Mi Historia Antes de la Unión”, autobiografía de David Neschit, padre de la patria de Eria.
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Continúa…
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